Culturas

El pánico, un virus milenario, literario y muy contagioso

«El pánico es más contagioso que los virus». Coinciden en la apreciación psicólogos y sociólogos. Destacan que ante situaciones inquietantes como la pandemia de coronavirus «lo emocional se impone a lo racional» y funcionan los mismos mecanismos que en la Edad Media ante la peste y que Boccaccio relataba en ‘El Decamerón’. La literatura y el cine han jugado con ese pánico, forjando una imagen aterradora de las pandemias que, al saltar de la ciencia ficción a la calle, hace emerger temores milenarios.

Del ‘Diario del año de la peste’ de Daniel Defoe a ‘La peste’ de Albert Camus, del ‘Ensayo sobre la ceguera’ de José Saramago a ‘Los ojos de la oscuridad’, en la que Dean Koontz anticipaba en 1991 los estragos de un virus creado en Wuhan, innumerables novelas y películas distópicas jugaron con el atávico temor a las catástrofes víricas que creímos que nunca nos afectarían y que ahora son una implacable realidad.

«La ficción es una ayuda, un medio de intermediar cuando la realidad es desconocida e incierta. Ante esa incertidumbre necesitamos un mediador, y lo son estas películas y libros que nos permiten dar sentido y hacer familiar lo que es por definición extraño y nos inquieta. Es nuestro primer recurso psicológico», dice José Ramón Ubieto, psicoanalista y profesor de estudios de psicología de la Universitat Oberta de Catalunya.

El mismo terror que reflejan libros como ‘La peste’, ‘El Decamerón’ o ‘Ensayo sobre la ceguera’ emerge ante COVID-19

Después recibimos una bofetada de realidad como la del COVID-19 y sentimos en carne propia el pánico que alimentaba ficciones como ‘La danza de la muerte’, de Stephen King, con un ‘supervirus’ letal para 99,4 de los contagiados. «Los occidentales vivimos en un sueño, en una burbuja de felicidad con la tecnología como elemento central. Soñamos despiertos en un medio más o menos tranquilo y confortable y el coronavirus es la pesadilla que nos ha despertado», dice Ubieto.

La pandemia nos recuerda «algo que olvidamos: que habitamos un cuerpo que se degrada, que puede morir y aniquilarse». Con ese baño de realidad, con ese abrupto despertar, «pasamos de la perplejidad a la extrañeza; luego a la tristeza y finalmente al duelo ante posibles pérdidas». Es ahí «cuando surge lo mejor y lo peor de cada persona» y opera el implacable mecanismo del pánico.

«Lo peor del pánico es su desproporción y cómo alimenta nuestras más bajas pasiones, que son idiotas». «Es mucho más contagioso que los virus. Contra los patógenos hay medidas de higiene, pero el miedo es más complicado; es el espejo de nuestra debilidad y se viraliza, nunca mejor dicho, con las redes sociales», asegura Ubieto.

«Sufrimos una situación de pánico colectivo muy bien descrita por los sociólogos clásicos que quizás se agrave, y que se da al vislumbrar situaciones sin escapatoria y a escala global», apunta Víctor Renobell, doctor en sociología y Ciencias Políticas y profesor de la UNIR. Un pánico «que genera comportamientos irracionales, como la compra desaforada en los supermercados, amplificados hoy por las redes sociales». Hay una sobreactuación sociológica que provoca esa irracionalidad», apunta. «La insensatez se contagia de forma pasmosa cuando la emoción se impone a la racionalidad y las redes sociales potencian esas emociones negativas, que son mucho más poderosas que las positivas. El comportamiento de las redes es perverso: son pura emoción», insiste Renobell.

La misma respuesta

Hace siete siglos Boccaccio contaba en ‘El Decamerón’ como unos jóvenes florentinos huían de la peste negra que asoló Europa en el siglo XIV y acabó con un tercio de la población. Hoy la realidad es muy otra, pero las respuestas emocionales son parejas. «Los comportamientos colectivos no varían, seguimos con las mismas leyes sociológicas que contaminan a la gente, con ese pánico colectivo que hoy, con la hipercomunicación, nos afecta mucho más». «El pánico es tan contagioso como los virus y puede ser más peligroso. Nos quedamos siempre con lo peor y lo magnificamos», apunta Renobell.

Coincide Juan Carlos Jiménez Redondo, doctor en Sociología y Ciencias Políticas y profesor del CEU. «Con un nivel científico altísimo y una elevada capacidad médica, las emociones son idénticas. Tenemos los mismos mecanismos de pavor que en el Medievo ante la peste», dice. «La historia no se repite, pero los comportamientos y las reacciones son muy parecidas. Dentro de un siglo, con un nivel tecnológico aún muy superior, cabe pensar que las reacciones humanas no variarán. La inteligencia artificial no acabará con las reacciones emocionales, que por definición son irracionales», apunta.

Para Jiménez Redondo las redes sociales «son un amplificador incontrolado de mentiras». «No filtran la información y tienen una capacidad de verosimilitud inaudita que las hace perniciosas. Dan crédito a las falacias y transmiten mensajes absurdos a millones de personas», lamenta.

Para César Rendueles, sociólogo, filósofo y profesor en la Universidad Complutense, cabe entender el miedo como «un proceso social y colectivo, muy basado en nuestro bagaje cultural y en la cultura popular». «El miedo y el pánico son muy perniciosos, son mecanismos nefastos que generan profecías autocumplidas. Si crees que habrá desabastecimiento en el mercado, acabarás generándolo», asegura. Estima, no obstante, que podemos vencerlo «comportándonos con responsabilidad y ayudando a quien lo necesita, como hacen esas universitarias que se ha ofrecido a cuidar niños estos días. Son un ejemplo»

Cree también Rendueles que nuestra respuesta emocional se parece hoy bastante a la del pasado. «Hemos cambiado muy poco en algunos aspectos relacionados con nuestros sesgos cognitivos». «Hoy tenemos mecanismos de solidaridad social que no existían hace un milenio, pero en lo emocional somos bastante más parecidos a lo que éramos hace dos mil años de lo que nos gustaría creer». La diferencia radica en que «por fortuna, hoy podemos hacer gimnasia emocional y moral; saber cuál es nuestra reacción y limitar nuestros nuestros sesgos». «Salir corriendo hacia el supermercado es nuestra primera reacción, pero podemos constatar la irracionalidad de nuestra motivación. En eso sí hemos mejorado», concluye.

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