Culturas

Las Fallas que fueron y las que no han podido ser

El maldito coronavirus asestó una cornada de incalculables consecuencias a las ferias taurinas de Fallas y Magdalena. El pronóstico, evidentemente, es de muy grave. En el balance final hay un daño económico importante para el toreo en general y para las propias ciudades, Valencia y Castellón, que se beneficiaban de los efectos dinamizadores de una afición que tiene un claro perfil itinerante que para esas fechas se manifiesta con especial avidez y eligen Valencia como lugar de encunetro; ha provocado igualmente un daño artístico para los protagonistas, sobre todo a aquellos que no gozaban de estatus estelar y habían depositado en estas dos ferias las esperanzas de un lanzamiento que difícilmente encontrarán en otras plazas; y hay un gran perjuicio para los ganaderos, que han visto cómo un bien perecedero como el toro, que se prepara para una fecha concreta, no solo no lo vende sino que aumenta el riesgo de accidente y pérdida total.

Y finalmente hay un daño menos tangible pero tan importante o más, que afecta a la implementación y arraigo de la tauromaquia en general, que se ha volatizado socialmente en unos momentos en los que estaba siendo atacada duramente desde posturas ideológicas en búsqueda de su desaparición, por lo que necesitaba más que nunca de visibilidad. Lo que no han conseguido algunos con sus pancartas y soflamas lo ha conseguido el maldito bicho. Efecto, hay gente pa’to, que han llegado a aplaudir algunos anti en un acto de enfermizo delirio.

Los daños económicos para las dos ciudades se cifran en más de veinte millones de euros, quince para Valencia y cinco para Castellón, según estudios de temporadas anteriores que calculaban el impacto directo de los toros en las dos ciudades. A todo ello habrá que sumar las perdidas que produzca la suspensión en cascada de bous al carrer. En lo que respecta a la implementación social, la suspensión y/o aplazamiento nos sitúa a la altura de los momentos más dramáticos de la historia de España. Desde que las Fallas y la Magdalena taurinamente tuvieron carácter ferial solo dejó de haber toros los tres años que duró la Guerra Civil.

El 19 de marzo ha adquirido rango de tarde referencial como lo es en Sevilla el Domingo de Resurrección

En realidad el concepto de feria, agrupación de festejos continuados, en este caso en torno a las fallas, surgió con la aparición de una generación de toreros valencianos en los años veinte. Hasta entonces se celebraban en torno a la festividad de San José festejos menores sin estar secuenciados y la temporada fuerte comenzaba en abril y mayo con carácter dominical y en fiestas significadas. La aparición de Granero en los comienzos de los años veinte ya promovió algún cartel de rango mayor coincidiendo con las fiestas josefinas y el arranque definitivo se produce, muerto Granero, con Vicente Barrera y Félix Rodríguez, que compiten con máximo protagonismo con los mejores de la llamada edad de plata del toreo, en la que coinciden con Marcial, Ortega, Armillita, La Serna… y otros valencianos de menos cartel pero con muchos devotos como Chaves o Torres. Y desde entonces las Corridas Falleras, a las que el imaginario popular costaba denominar feria para no restarle rango a la Fira de Juliol, no han hecho más que crecer en categoría y números de festejos hasta lograr convertirse en la primera feria de la temporada en plaza de primera, iniciando lo que se puede entender, en terminología automovilística, como el circuito de grandes premios, que sigue en Sevilla, Madrid, Pamplona, Bilbao y acaba con la Feria del Pilar en Zaragoza.

Pero quizás el mayor éxito de la Feria de Fallas, detalle que habla a la perfección del espíritu emprendedor de los valencianos, es que su creación supuso adelantarse a los hábitos ciudadanos y tomar el relevo de la Feria de Julio, que comenzaba a languidecer a la vez que crecía el atractivo de la segunda residencia. Así que cuando bajó definitivamente (o casi) el atractivo de la que llegó a considerarse la primera feria y la más extensa de España según el concepto actual, la joven Feria de Fallas ya era la primera de primera a la que había que ir porque el estar anunciado, además de dar categoría, era el perfecto trampolín para lanzar las contrataciones.

Efecto Soro

Los momentos más gloriosos de la Feria o Corridas Falleras coinciden con la presencia de grandes toreros valencianos. La llegada de El Soro abrió una etapa gloriosa. El diestro de Foios toreó tres tardes el año de la alternativa, 1982, con lleno total las tres, incluida la del día de San José, que hasta entonces no era la fecha más fácil para atraer a la gente a la plaza. «Si quieres torear tres tardes a ese dinero la tercera tiene que ser el día de San José y si llenas será tu mérito y tu dinero…», ese fue el argumento que le expuso la empresa a El Soro cuando pidió torear tres tardes. Las toreó, llenó y cobró lo que pedía. Desde entonces la fecha adquirió rango de tarde referencial como en Sevilla lo es el Domingo de Resurrección, en aquel caso gracias a Curro Romero, lo que demuestra que los ídolos están por encima de los estilos.

Durante muchos años El Soro siguió llenando alternando con Espartaco, Manzanares, Domínguez… hasta que llegó Enrique Ponce y todo se remató en las más altas cuotas de expectación y calidad. Los primeros años alternando juntos en tardes inolvidables y los siguientes con Vicente retirado y Enrique ya como mandón absoluto del toreo se mantenía el carácter valenciano con un ilusionante Vicente Barrera y la devoción que los aficionados sentían por Manzanares, al que consideraban como algo propio, e incluso Litri, que también tenía matrícula valenciana. La puntual reaparición de Soro con Ponce y Manzanares volvió a poner el día del santo en lo más alto del planeta toro.

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