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Kit de supervivencia cultural para el encierro (día 3)

UN LIBRO: El entenado, de Juan José Saer

Kit de supervivencia cultural para el encierro (día 3)

¿Existe una novela que pudiésemos recomendar a un espectador enganchado a Gran Hermano amante de la literatura de viajes y a una catedrática de Historia aficionada a la Antropología? Existe y tiene menos de 200 páginas: se titula El entenado, la publicó el argentino Juan José Saer en 1983 y no tardó en ser reconocida como un hito de la literatura en español del siglo XX. A España llegó en 1988, un año después de que Saer (1937-2005) ganara el premio Nadal, galardón que, desgraciadamente, no sirvió para que el lector medio se interesara por los autores latinoamericanos posteriores al boom.

¿Por qué El entenado sería capaz de convencer a gente tan distinta (separada por un metro)? Porque tiene las dosis justas de aventura, intriga, reflexión y emoción. Narra las peripecias de un grumete español que, a principios del siglo XVI, se enrola en una expedición al Río de la Plata. Una vez allí, los indios colastinés capturan a la tripulación del barco y su fortuna de conquistador cambia radicalmente porque los colastinés tienen una virtud y un defecto: son pacíficos pero antropófagos. Así que se comen a todos los marinos menos a él. ¿Por qué? Esa es la pregunta que se hace el muchacho cada día que convive con una tribu cuya lengua y gestos no entiende.

El entenado es una mezcla de relato de formación e indagación narrativa sobre aquello a lo que llamamos humanidad y civilización. “Para algunos, no eran hombres; para otros, eran hombres pero no cristianos, y para la mayoría no eran hombres porque no eran cristianos”. Ese es el marco mental en el que se mueve un protagonista que no sabe por qué sigue vivo ni hasta cuándo. Y que antes de embarcarse se preguntaba sobre los indios lo mismo que aquellos a los que la información les llegaba de oídas: ¿tienen gobierno?, ¿propiedades?, ¿cómo defecan?, ¿con qué mano comen? “Lo desconocido es una abstracción”, leemos en un pasaje, “lo conocido, un desierto, pero lo conocido a medias, lo vislumbrado, es el lugar perfecto para hacer ondular deseo y alucinación”. En esas seguimos. Javier Rodríguez Marcos

UN DISCO: Moondance, de Van Morrison

Kit de supervivencia cultural para el encierro (día 3)

Nunca un gruñón repartió tanta felicidad. El hombre siempre enfurruñado llamado Van Morrison comienza a cantar en este disco al segundo de arrancar la primera canción, And It Stoned Me. Durante los próximos 40 minutos el estado de ánimo del oyente se tornará feliz, gozoso. Se llama Moondance y fue el trabajo que salvó la carrera de su autor, que venía de un traspiés comercial con Astral Weeks (1968), un álbum que solo con el paso del tiempo fue justamente valorado.

Moondance es el disco donde mejor canta uno de los mejores vocalistas de música popular de la historia. Resulta sorprendente revisar datos sobre este álbum. Morrison (Belfast, 1945) tenía solo 24 años cuando entró a grabar esta obra inmaculada. Los profundos sentimientos que transmite el irlandés en las diez canciones no son propios de un veinteañero. Habría que admitir que el cascarrabias siempre fue un hombre maduro azotado por los reveses y las felicidades de una vida larga y plena. Incluso con esa tierna de edad. En 1970 estaba rendidamente enamorado. De Janet Planet Rigsbee, con la que tuvo una hija, luego también cantante, Shana Morrison (padre e hija han coincidido en el escenario en varias ocasiones).

Hay canciones de amor en Moondance dedicadas a Rigsbee, como Crazy Love o la misma Moondance. Son piezas que celebran: incluso la balada Crazy Love tiene un swing rítmico con el que es imposible contener el balanceo de cabeza. Es Moondance un disco de estribillos, de canciones tarareables (esos “la, la, la” de Caravan), un álbum que evoca a la naturaleza (hay letras que apelan al mar, al viento…), perfecto para viajar mentalmente en estos momentos de reclusión. Pero sobre todas las cosas es una colección de canciones que transmite optimismo. Moondance es una juerga al atardecer apta (y obligatoria) para todos los públicos. Carlos Marcos

UNA PELÍCULA: El último hombre sobre la Tierra, de Ubaldo B. Ragona y Sidney Salkow

Kit de supervivencia cultural para el encierro (día 3)

Cualquiera que haya leído la novela Soy leyenda, de Richard Matheson, publicada en 1954, sabrá que en esas páginas se esconde una gran película. Por desgracia, nunca ha tenido esa suerte. Probablemente porque el corazón del libro alberga una increíble reflexión sobre lo que mayorías y minorías, racismo y clasismo, leyenda y realidad. La historia se desarrolla entre enero de 1976 y enero de 1979, cuando una pandemia recorre el mundo infectando a la humanidad. En la película, el personaje protagonista, encarnado por el inmenso Vincent Price, el científico Robert Morgan, advierte a su esposa al inicio de la infección: “No puedo aceptar la idea de una enfermedad universal”. Y ella pregunta temerosa: “Este germen o este virus se transmite por el aire?”. ¿Les suena? Los enfermos se convierten en una mezcla de vampiros y zombies, aunque conservan bastante inteligencia (en diversos grados). Por el día, Morgan sale a cazarlos, por la noche se refugia en su mansión parapetado en perfume de ajo y otros trucos. Cae en la desesperación –ahí aparece el gran talento de Prince capaz de pasar del llanto a la risa (su marca de la casa) sin pausa– para finalmente convertirse en el único ser humano en la Tierra.

Matheson ya escribió un guion en 1957 para que Fritz Lang dirigiera una versión producida por la Hammer. No pudo ser. Lástima. Esta versión de 1964, rodada en Italia, es la mejor de las rodadas (la de Will Smith en 2007 está atrapada por la norma de Hollywood de desesperanzar a las audiencias), aunque el escritor no acabó contento ni con el guion (que él mismo empezó) ni con el reparto: no le gustaba Price. Sin embargo, el actor salva esta película, accesible gratis online con un nuevo doblaje en español y en su versión original, recomendable por la formidable modulación del intérprete. En las últimas páginas de la novela, atrapado por esos zombies, el protagonista, que ha reflexionado antes sobre las leyendas de los vampiros, se da cuenta que para el resto de los seres él es extraño, él será leyenda narrada de generación en generación: “Todos volvieron hacia Neville unos rostros pálidos. Nelville los observó serenamente. Y de pronto comprendió. Yo soy el anormal ahora. La normalidad es un concepto mayoritario. Norma de muchos, no de un solo ser humano”. Lo que nos lleva a la pandemia actual, ya que cuando pasen los meses, lo anormal será no haber sido infectado: ellos serán leyendas. Gregorio Belinchón

UNA SERIE: Years and Years

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Antes de que el coronavirus pusiera patas arriba nuestra vida, los ciudadanos ya se habían acostumbrado a convivir con una cotidiana incertidumbre. Las noticias sobre el Brexit y la irrupción de la extrema derecha eran (y siguen siendo) el pan nuestro de cada día. Nos hemos acostumbrado a vivir tiempos raros en los que nadie sabe qué se encontrará a la vuelta de la esquina. Cuando la BBC estrenó Years and Years el año pasado, se sabía muy poco sobre su contenido. ¿Un drama familiar cruzado con una distopía sociopolítica? ¿Pero qué demonios? Sin embargo, la cosa funciona. A través del día a día de una familia de clase media británica, y con saltos temporales que permiten recorrer más de una década en solo seis episodios, esta producción muestra las consecuencias sociales, políticas, económicas, morales y tecnológicas de un mundo muy cercano al nuestro en el que los extremismos se han hecho con el poder.

A diferencia de otras distopías que imaginan ciudades con coches voladores, aquí las alteraciones son tan factibles, todo es tan real como el escalofrío que siente el espectador al ver cómo una tonta decisión te puede dejar en la ruina sin poder hacer nada o te convierte de la noche a la mañana en un refugiado que lucha por salir adelante con toda la Administración en contra. Esta creación de Russel T. Davies golpea en las entrañas del espectador y le deja sin aliento con una narración frenética con tensión en aumento en cada episodio. Quien se atreva con ella, que se prepare para el viaje. Los seis capítulos de la miniserie están disponibles en HBO España. Natalia Marcos

UN CÓMIC: Silver Surfer

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El género de superhéroes parece olvidar su humilde origen en las páginas de los comic-books, aupado por el glamour de la gran pantalla, los impactantes efectos especiales y las abultadas recaudaciones de taquilla. El trasvase del papel al audiovisual es un hecho incuestionable, pero los superhéroes en papel, fieles a sus personajes, se resisten a dar la batalla por perdida y aprovechan buscar nuevas perspectivas. Las pequeñas editoriales aprovechan para crear personajes distintos, mientras las majors (Disney y ATT, alias Marvel y DC), cegadas ya por el vellocino de las multimillonarias taquillas, dejan que los autores y autoras puedan experimentar en el reducto impreso con los héroes que no llegan a la gran pantalla. Y en esa aldea resistente, la autoría demuestra de nuevo que la imaginación es más potente que millones de dólares en efectos especiales.

Un buen ejemplo puede ser Silver Surfer, nuestro Estela Plateada, que había perdido en su paso cinematográfico la potencia cósmica que le insufló su creador, Jack Kirby, y que tan bien supieron interpretar dibujantes como John Buscema, acompañados de la grandilocuencia y pomposidad de los diálogos de Stan Lee. Afortunadamente, la serie llegó a las manos de Dan Slott, Mike y Laura Allred, que desarrollaron una saga (publicada en España en cinco volúmenes por Panini Comics) que reinventaba al personaje como un ingenuo peón de la grandeza cósmica del Universo Marvel. Mientras que los otros héroes se dedican a salvar el mundo, esta encarnación de Estela Plateada plantea una doble historia de amor: por un lado, la que leemos, la historia de la joven Dan Greenwood y el plateado heraldo. Por otra, la de fondo, una declaración de amor incondicional por el cómic y el género, apasionada, convirtiendo al heraldo de Galactus en guía de un viaje por la imaginación desatada. Álvaro Pons

UN VIDEOJUEGO: Red Dead Redemption 2

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En el año 2018 ocurrió un milagro que trascendería la capacidad de los videojuegos para reformularse. Dos juegos (dos superproducciones) tomaron dos franquicias consagradas y las deconstruyeron creando así dos hitos. Los dos juegos se atrevieron a pasar, con mucho riesgo, por el ojo de dos agujas muy concretas, y el resultado fueron dos obras maestras. El primero es la fantasía mitológica griega God Of War (Sony, PS4), que pasó por el ojo de la aguja de la paternidad, transformando a su protagonista, el dios de la guerra Kratos, en padre. Y al juego en algo distinto. En algo mayor.

Pero no es el God of war el juego que inicia nuestras recomendaciones para jugar en estos días de alerta nacional y obligada estancia casera. Ese es el otro juego que en 2018 se atrevió a cambiar el curso de una franquicia: el Red Dead Redemption 2. El primer juego de la saga de Rockstar, en 2010, había sido una orgía de violencia (en este caso, en el lejano oeste norteamericano), enloquecida, salvaje y divertida a rabiar. Pero el juego que nos llegó hace dos años era algo muy distinto, que transformó de raíz la franquicia pasando, esta vez, por ojo de otra aguja: precisamente, la de la enfermedad. A mitad de su aventura, el protagonista, Arthur Morgan, enferma de tuberculosis tras golpear a un enfermo al que le exige la devolución de un préstamo. A partir de ahí, lo que pensábamos que iba a ser una aventura ascendente, cada vez más trepidante, se pausa. Se vuelve reflexiva. Los pulmones moribundos del protagonista ya no permiten las explosiones de adrenalina que habíamos visto hasta entonces. El nuevo ritmo del juego da al incurable Arthur la posibilidad de reevaluar su propia existencia y, al jugador, de recontextualizar todas las acciones que había cometido. ¿A qué tanta violencia? ¿A qué tanto caos? ¿A qué tanta prisa para llegar a… dónde?

En el mundo en pausa al que le obliga la enfermedad, Arthur aparcará todo lo que le exigen los demás para, por primera vez, tener un diálogo consigo mismo. El juego tiene otras muchas virtudes —personajes inolvidables, un apartado gráfico de ensueño—, pero quedémonos hoy con el aspecto narrativo: la enfermedad como punto y aparte. Momento de calma y sosiego. Momento de, si es necesario, dar pasos hacia atrás. Aunque sea para coger impulso y seguir adelante. Jorge Morla

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