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«Parte de la familia sólo conoce al niño a través de videollamadas»

Daniel Casañ Copete (3.590 gramos) nació durante el primer día del segundo estado de alarma decretado durante la democracia. A las 13.50 horas del domingo. Sandra, la madre, está perfectamente. Esperanzada con el futuro que les aguarda. Pese a lo vivido, que no ha sido fácil aunque ha contado con la compañía constante de Luis, su pareja. La familia es una isla de ilusión en un mar de incertidumbre. Una preciosa metáfora. La vida se abre camino también en las circunstancias más adversas.

«Ahora me siento superfeliz, recuperándome, lo llevo muy bien», explica Sandra al otro lado del teléfono. El confinamiento imposibilita las visitas, algo que llevan especialmente mal las familias. «La principal indicación que nos han dado desde el hospital es esa, nada de que venga gente a casa», señala el padre.

La odisea empezó el viernes 13, cuando llegaron las contracciones. «Estuve toda la noche con dolores», explica la madre. Al día siguiente acudieron tres veces al hospital, pero la frecuencia no era la suficiente para ingresar. Hasta que por la noche les dieron habitación. A las seis de la mañana del domingo ya bajaron al paritorio. «Quería que naciera ya, lo necesitaba, el cansancio psicológico era tremendo», continúa la madre. Aún tuvo que esperar algunas horas.

Agradecimiento

«En el hospital no podíamos estar con familiares», explica Luis, que confiesa que una vez nacido Daniel sólo los abuelos pudieron hacer una rápida visita. «Pese a todo sólo tengo palabras de agradecimiento para todo el personal que nos atendió. Su trato ha sido espectacular», añade Sandra. El ejemplo sirve para destacar la importancia de contribuir a no colapsar el sistema de salud para que cualquier urgencia, del tipo que sea, se pueda atender con todas las garantías.

La limitación de las visitas ha sido complicada de asumir, pero no quedaba otra. «Vinieron los abuelos maternos y paternos y pudieron entrar de uno en uno y con guantes y mascarilla. Cinco minutos nada más. No podía haber movimiento», señala Sandra. A Daniel lo ha conocido casi toda la familia «por videollamadas, Instagram y redes sociales. En persona no lo conoce nadie salvo mis padres y los de Luis», añade. La situación está siendo dura para los abuelos, que no pueden disfrutar en directo de su nieto, y para las bisabuelas, que sólo lo conocen por fotos.

Luis estuvo en el parto con mascarilla. Pudo acariciar a Sandra y ver salir a su pequeño. «Aunque básicamente observaba», relata. Y tras el alumbramiento no ha tenido más remedio que alimentarse con la comida de las máquinas del centro sanitario. «Estaban todos los bares cerrados y el restaurante del hospital estaba disponible para el personal», explica. Luego llegó la vuelta a casa. El pasado martes recibieron el alta, y el trayecto hasta Benetússer, donde viven, les impactó. «Daba miedo», relatan.

La familia se enfrenta ahora al confinamiento domiciliario. «Luis está saliendo a la calle con mascarilla y guantes a hacer la compra, pero nada más», comenta Sandra. «Lo único que nos dijeron tajantemente es que nada de visitas», reitera. Una vez más, el contacto afectivo, el cariño de sus seres queridos, llega a través del teléfono móvil.

«Lo llevo un poco mal», dice la madre en relación a la limitación de movimiento. «Me he pasado el embarazo andando un montón, y sólo de pensar en lo que nos espera… se me hace un mundo», continúa. «Nuestra distracción es el chiquillo», completa Luis. «Nos peleamos por cambiarlo», añade sonriente Sandra.

El padre y la madre son falleros de toda la vida. De la comisión Barri l’Estació, de Benetússer, donde Daniel ya tiene su pañuelo reservado. Si todo hubiera sido normal, el pequeño habría nacido el día en que se levantan los monumentos. «Es nuestra mejor plantà, nos ha llenado de felicidad», resume el orgulloso padre.

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