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INTRAMUROS

Será difícil para todos nosotros olvidar los acontecimientos que estamos viviendo, respecto de los cuales lo anecdótico es que se hayan suspendido tales o cuales fiestas, aun siendo ello traumático para una sociedad como la nuestra en la que la fiesta y vivir en la calle constituye un elemento fundamental de nuestra idiosincrasia, pero, sin duda, la experiencia más traumática e inolvidable va a ser el prolongado tiempo de reclusión y aislamiento al que estamos obligados y el sufrimiento de muchas personas que están siendo víctimas de la enfermedad.

Para nosotros, acostumbrados a vivir en las calles, resulta inédito que éstas se hayan convertido de la noche a la mañana en un espacio lejano, imposible e inabarcable, que sólo podemos contemplar a través de nuestras ventanas y balcones, y las veamos así muertas y vacías. Durante estos días de encierro necesario entre las paredes de mi casa he evocado el inmenso sufrimiento que debieron experimentar Ortega Lara, en sus quinientos treinta y dos días de cautiverio a manos de ETA, o mi entrañable amigo Javier Rupérez, treinta y un día recluido en un reducido zulo de la misma banda terrorista. Únicamente desde la vivencia que estamos atravesando, bien distinta en espacios de desenvolvimiento y medios que nos acompañan, podemos siquiera imaginar el drama y la tortura que atravesaron las personas citadas. Desde mi ventana también contemplo otros dramas, porque en el jardín que ocupa la plaza en la que vivo varias personas sin techo vivaquean en los bancos, sin más cubierta que su propia desventura.

Sin lugar a dudas, vivimos unas jornadas de reencuentro con nosotros mismos, de reconstrucción de nuestros hábitos de vida y de relación interpersonal, días de temor ante lo desconocido y de constatación de que, a pesar de las apariencias y de nuestras pretendidas seguridades, el ser humano es frágil, una criatura expuesta, expósita diríamos, a la que de vez en cuando la adversidad deja atónita e indefensa. Pero, como siempre, en las situaciones duras también se puede percibir lo mejor de lo que somos capaces y por ello nos admiramos del tesón, la valentía y la entrega de quienes por profesión o voluntariado se ocupan de atender a enfermos, de ayudar a indigentes, de llevar comida y compañía a tantas persona mayores que viven solas; en definitiva, es la otra cara de la moneda en medio de la dificultad, esa vertiente humana capaz del altruismo y de la generosidad, una dimensión de lo humano que, en medio de las dificultades, nos abre las puertas de la esperanza.

Acostumbrados a vivir en las calles, resulta inédito que se hayan convertido en un espacio imposible

Van a ser tiempos duros, en los que se verá trastocado todo, desde las perspectivas económicas, hasta las previsiones en diversos ámbitos de nuestra vida social, con interrogantes que en estos momentos no somos capaces de despejar. Pienso, por ejemplo, en el presente curso académico cuyo desenvolvimiento se ha visto alterado por un escenario impredecible, pero que también ha mostrado la capacidad de los docentes para reinventarse a sí mismos y seguir atendiendo a sus alumnos en la distancia física, pero con la cercanía del mensaje transmitido por el ordenador y la plena disponibilidad del maestro para atender las dudas o demandas de sus alumnos. Pequeños y grandes heroísmos que nos ayudan a seguir creyendo en el ser humano.

La criatura humana ha demostrado a lo largo de su historia que tiene una gran capacidad para superar las adversidades, y yo creo firmemente que entre todos seremos capaces de superar este zarpazo que se nos ha venido encima y aprenderemos desde esta situación a valorar como nación lo que realmente importa: unidad, frente a las tentaciones centrífugas, solidaridad interpersonal y no cultivo de pequeños egoísmos personales o comunitarios, racionalidad contra la demagogia y conciencia de que todos juntos podremos salir adelante de este maldito trance. Ojalá este tiempo de obligada reclusión y reflexión nos sirva para reencontrarnos como pueblo y cada uno de nosotros como personas que han de salir moralmente fortalecidas tras estos inolvidables días vividos intramuros. No son tiempos para la crítica política, ni para análisis detenidos de esta coyuntura para lo cual ya habrá otros momentos propicios, sino que ahora es un tiempo de silencio, de trabajo y de reconstrucción.

A quienes somos creyentes nos queda la fortaleza de mirar hacia los brazos abiertos de la cruz y el consuelo de sentirnos acogidos entre la amplitud del madero, en el cual cabemos todos cualquier que sea nuestra vivencia religiosa. No nos ha de faltar el ánimo para seguir mirando con esperanza nuestro futuro.

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