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El número de héroes (como el de tontos) es infinito

Ya sabíamos que en las situaciones extremas es cuando el ser humano se muestra capaz de sacar lo mejor de sí mismo, aunque también, por desgracia, lo peor. Pero lo que no podíamos imaginar es que en un extremo y en el opuesto, las demostraciones de la excelencia y de la inmundicia pudieran llegar tan lejos ni ser tan numerosas. Porque suponíamos que los trabajadores de la sanidad iban a dar cuenta de su acreditada profesionalidad y de su compromiso con el enfermo aún a costa de la propia salud -como así ha sido- pero nos ha sorprendido ver a los empleados de las residencias de ancianos o a los de los supermercados cumpliendo con su obligación a pesar de saber el riesgo que corren de contagiarse. No puedo ni quiero ser exhaustivo a la hora de reconocer a colectivos que estos días nos dan muestras de la capacidad de las personas por ser solidarias con la colectividad, desde los jóvenes que salen a hacer la compra a los más mayores de su finca a las enfermeras o los médicos jubilados que han vuelto a sus trabajos para echar una mano a una Sanidad colapsada en lugar de quedarse tranquilamente en sus casas. Vaya desde aquí mi agradecimiento a todos ellos. Pero si su actitud nos reconforta, nos anima y nos hace concebir esperanzas hay otros comportamientos que nos sumen en un pozo hondo, oscuro y frío en el que el egoísmo, la irracionalidad y la insensatez imponen una ley de la selva que adquiere formas muy diferentes, desde el bobo que llena su carro de compra hasta los topes sin pensar en el perjuicio que causa a los demás hasta los paletos que participan a través de los famosos grupos de Whatsapp en operaciones de acoso a derribo a contagiados a los que señalan como apestados en una demostración de falta de humanidad que cuesta comprender y asumir. Pero con todo y como casi siempre, el peor papel en esta tragedia que nos ha tocado vivir se lo llevan algunos de nuestros representantes políticos que lejos de ser ejemplares vuelven a exhibir la peor de las caras posibles en un portavoz de los ciudadanos que se debería guiar por el interés público: la de un oportunismo que en este caso cabría calificar de carroñerismo. Profetas de lo público que aprovechan para vender ideología mientras los muertos se acumulan en la morgue, secesionistas que no se dan un respiro a la hora de odiar ni siquiera cuando una pandemia asola nuestros hogares, revolucionarios de salón que ven llegada su hora de asaltar el palacio de invierno aunque sea saltando sobre cadáveres, tuiteros agresivos incapaces de respetar el dolor ajeno… Qué diferencia, qué oportunidad desaprovechada para estar callados, qué pena.

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