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Arqueología doméstica

Una de mis mayores aficiones de niño era asomarme a los desvanes ajenos en busca de antigüedades. Cada visita a una casa en la que hubiera un espacio de almacenaje con objetos viejos me resultaba fascinante, especialmente cuanto más vetusto fuera aquel y más atiborrado de trastos estuviera. Era lógico que la práctica, llamativa en un chiquillo, acabara desembocando en la veneración que siento en la actualidad por archivos, librerías de segunda mano y tiendas de antigüedades, donde podría pasarme días enteros. Nada comparable, sin embargo, a la emoción de aquellas primeras búsquedas, en las que, empujado por la inocencia, pude conocer parte de la historia familiar a partir del descubrimiento de objetos y papeles varios. Cierro los ojos y soy capaz de recordar con nitidez algunos de aquellos desvanes repletos de cachivaches: la leñera de los tíos en Cuenca, presidida por una amenazante cabeza de jabalí e impregnada de un denso olor a queso ahumado; la hoy desaparecida cámara de mis abuelos en el pueblo, en la que encontré poemas manuscritos escritos por mi madre en la adolescencia y antiguos libros de texto que me propocionaron los primeros rudimentos de geografía e historia; el piso alto de la casa familiar en el Camí Real, en cuyos armarios se conservaban los carnés de ferroviario de mi bisabuelo, álbumes de fotos artesanales confeccionados por mi abuelo Pepe o sus cuadernos escolares de principios de los años treinta.

Conocedor de aquel entusiasmo propio de un buhonero, mi padre alimentaba en ocasiones mi imaginación con llamativas historias trenzadas alrededor de objetos familiares perdidos como consecuencia de la dejadez, la inconsciencia o, simplemente, la mala suerte: cuántas veces habré lamentado desde entonces la pérdida del cinturón decorado con duros de la República que mi abuelo Leoncio regaló a un conocido poco antes de mi nacimiento; o el extravío del saco de billetes de la misma época, una pequeña fortuna convertida en papel mojado en abril del 39 que se perdió durante una limpieza del desván tras la muerte de mis abuelos Pepe y Dolores; o la desaparición de la vieja camiseta azul y negra de Las Palmas, el equipo amateur con el que mi padre y sus amigos osaron enfrentarse al Torrent, con un resultado para olvidar, en un torneo de captación de jóvenes talentos organizado por el Valencia.

En estos días de reclusión forzosa en el hogar envidio a quienes viven en casas o pisos heredados y disponen del tiempo necesario para poder curiosear en los arcones y cajas de los altillos. Esta engorrosa cuarentena nos proporciona la pausa y calma necesarias para reconstruir vidas fenecidas y etapas pasadas a partir de la recuperación de objetos y documentos que duermen desde hace décadas esperando a ser redescubiertos. Pienso, por ejemplo, en que buena parte de la memoria impresa del valencianismo debe de hallarse todavía oculta en maletas o cajas. Así al menos lo muestra el goteo permanente de ítems que aparecen con regularidad en anticuarios o páginas de coleccionismo, procedentes del vaciado de pisos de la Ciutat Vella o l’Eixample. Ojalá estos días de plomo sirvan también para que el nieto o la bisnieta de algún futbolero de los años veinte o treinta sea capaz de rescatar abonos del viejo Algirós, fotos inéditas, cromos, revistas deportivas o biografías de los primeros ídolos de nuestro fútbol, de gran circulación en su tiempo y hoy desafortunadamente perdidas.

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