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Políticos en cuarentena

La ministra de Igualdad, Irene Montero (centro) durante la manifestación del 8-M.La ministra de Igualdad, Irene Montero (centro) durante la manifestación del 8-M.Santi Burgos

El virus que azota al planeta no discrimina ideologías ni responsabilidades. Acecha por igual al panadero y al presidente; al comunista y al ultraliberal. España es un reflejo: todos los partidos han registrado casos. En el Gobierno y en la oposición, en la izquierda y en la derecha. La enfermedad ha impactado de lleno en los representantes públicos y la política española es una de las más afectadas. Dos ministras, dos presidentes de comunidades autónomas, la mujer del presidente, el líder del tercer partido en el Congreso, expolíticos y varios diputados y senadores batallan contra el coronavirus. Varios están ingresados, otros se han curado y la mayoría ha decidido en un ejercicio de responsabilidad seguir trabajando.

“Espero estar superándolo. Es un virus muy testarudo”. Javier Solana contesta al teléfono desde su ingreso hospitalario, en el que cumple ahora diez días. El exsecretario general de la OTAN y exportavoz del Gobierno de Felipe González, de 77 años, es uno de los casos a los que la enfermedad ha golpeado con más fuerza. Político, físico y diplomático, quien fue Alto Representante de la Política Exterior y de Seguridad Común de la UE se recupera en planta del Hospital Ramón y Cajal de Madrid después de pasar por la UCI. “Es impresionante el esfuerzo que en todas las instituciones están haciendo los trabajadores de la sanidad. Impresiona el cariño y el empeño”, reflexiona con voz cansada. Como Solana, la exvicepresidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre (68), también está ingresada. Son los casos más graves.

Solana lucha contra la enfermedad y la soledad con el único trato de los sanitarios, porque el coronavirus impone un aislamiento que es una especie de doble dolencia. Lo hace leyendo las últimas memorias de Winston Churchill, tomando algunas notas con sus reflexiones y escuchando música en la habitación de hospital. La brutalidad de la pandemia deja casi sin palabras a los que han afrontado las más altas responsabilidades públicas. Quien dirigió la mayor alianza internacional contra la guerra reconoce el impacto que le provoca este nuevo enemigo. “Todavía no lo sé describir”, admite Solana, “es verdaderamente imponente lo que está pasando”. “Es un conflicto contra un enemigo que no se reconoce. Y con una capacidad de extender su maldad a unas velocidades muy rápidas. Hay que derrotarle colectivamente”, razona.

Los políticos en activo añaden a la enfermedad la responsabilidad de seguir al frente de la gestión pública. La mayoría no ha dejado de trabajar, desde sus casas, con medidas de seguridad y en cuarentena. El virus ha alcanzado los más altos niveles de la Administración: ha entrado en el Consejo de Ministros y en el domicilio del presidente en La Moncloa. La mujer de Pedro Sánchez, Begoña Gómez, 45 años, dio positivo.

La ministra de Igualdad, Irene Montero, lleva mascarilla y guantes en su propia casa desde que anunció su contagio el 12 de marzo, para no infectar a su pareja, el vicepresidente de Derechos Sociales, Pablo Iglesias, ni a sus tres hijos. Su enfermedad ha sido leve, como por lo general ocurre en las personas de su edad (32 años): tos seca principalmente y sin fiebre, cuentan en su entorno. El extraño comportamiento del virus se comprueba en su contagio caprichoso también en los políticos: Iglesias no resultó afectado a pesar de la convivencia con Montero. El vicepresidente está obligado, no obstante, a una cuarentena, que interrumpió dos veces, para acudir al Consejo de Ministros y comparecer en rueda de prensa en La Moncloa, pero según el Gobierno siguió precauciones.

Del Gabinete de Sánchez, también la ministra de Política Territorial, Carolina Darias (54 años), se recupera bien de la Covid-19 en su domicilio. El Consejo de Ministros ya solo se celebra telemáticamente, como otras reuniones al máximo nivel del presidente. El virus acecha por muchos frentes.

En las dos comunidades más castigadas, la enfermedad ha llegado a sus presidentes y ninguno ha cesado su actividad. En un apartahotel trabaja aislada Isabel Díaz Ayuso (41 años), presidenta de la Comunidad de Madrid, y en la Casa dels Canonges, residencia oficial del president de la Generalitat, pilota en soledad Quim Torra (57) la respuesta del Ejecutivo catalán a la crisis del coronavirus.

Desde el primer caso conocido, el de Javier Ortega Smith (51), secretario general de Vox, el 10 de marzo, el goteo de políticos contagiados ha sido constante. El dirigente del partido de extrema derecha acudió a un mitin dos días antes de anunciar su positivo con 9.000 personas en la plaza de Vistalegre en Madrid y repartió saludos y abrazos. Después de él resultaron infectados el líder de Vox, Santiago Abascal (43), y la diputada Macarena Olona (40). Los tres son diputados en el Congreso, donde la vicepresidenta, Ana Pastor (62), del PP, y el portavoz de En Marea, Antón Gómez Reino (40), también dieron positivo.

Los posibles focos

No es difícil trazar el hilo de algunos posibles contagios. En las multitudinarias marchas feministas del 8-M participaron las dos ministras y la mujer del presidente. En el mitin de Vox estaban los tres dirigentes que enfermaron. España tiene un número especialmente elevado de políticos contagiados. En Italia, con mayor número de población infectada, el caso de más relieve es el secretario general del Partido Demócrata (PD), Nicola Zingaretti. Ayer el Gobierno alemán anunció la cuarentena de Angela Merkel después de que un médico con el que estuvo en contacto diera positivo de coronavirus. En el resto de países los casos en política son más excepcionales. “No sé por qué en España los políticos hemos caído más. Quizá es por el contacto físico, estás todo el día dándote besos y abrazos”, reflexiona Edmundo Bal (55), portavoz parlamentario de Ciudadanos y otro de los dirigentes enfermos. Él mismo ha pensado en unos cuantos focos en los que pudo contagiarse: negoció unas enmiendas con Ortega Smith, acudió al acto por las víctimas del 11 de marzo y a la manifestación del 8-M. “Es imposible saberlo”, razona.

La otra hipótesis podría ser que los políticos han podido hacerse la prueba con más facilidad que la población general. En realidad, esta solo se ha practicado a miembros de los Gobiernos. Los diputados no han tenido ninguna vía privilegiada, confirman en el gabinete de la presidenta del Congreso. O se la hicieron por la sanidad privada —como los de Vox o Ana Pastor— o se han quedado sin ella. Edmundo Bal ha pasado “el cuadro completo de síntomas” en su casa sin lograr hacerse la prueba. Llamó al teléfono de la Comunidad de Madrid y nunca pudo hacérsela. “No insistí porque los recursos son escasos. Y me niego en rotundo a que gane dinero haciendo la prueba la sanidad privada. Ser político no es ningún privilegio”, concluye.

Con información de Camilo S. Baquero.

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