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«Cada día es una batalla sin ver al enemigo»

Amparo Torres toca cada día el COVID-19 con sus propias manos. Es pequeño y de colores. Siempre lo tiene cerca de ella. «Tengo que darle gracias a mi ‘mami’, que me ha hecho un llavero con forma de coronavirus para que lo lleve conmigo», explica con una sonrisa. La misma que muestra cada jornada detrás de la mascarilla que desde hace días se ha convertido en una herramienta más de trabajo. «Despachar ocho horas con ella es un infierno, yo acabo con alergia en la piel». El llavero maternal es la lectura simpática de esta historia. El lado divertido de esta heroína de La Eliana, empleada de la farmacia Ángeles Icardo, que cada día se bate el cobre en su puesto de trabajo contra la pandemia, el miedo a contagiarse y el temor en los ojos de las decenas de ciudadanos que pasan por la botica.

«Al ir al trabajo siento que estoy en el campo de batalla pero sin saber dónde estará el enemigo… Es muy difícil. Yo acabo cada jornada con dolor en el pecho de la tensión». Amparo, junto a sanitarios de hospitales y centros de salud, está en uno de los frentes de la guerra contra el virus. Por las farmacias pasan todos los que tienen síntomas, familiares de diagnosticados, personas mayores y con riesgo… «No dejamos de desinfectar el mostrador, la caja, estantes, teléfono…». Todo es poco para pelear contra el invisible enemigo, capaz de permanecer durante horas activo al aire libre. «Incluso días en una superficie de aluminio», enfatiza la vecina de La Eliana.

La carestía es otro de sus caballos de batalla. En la farmacia, su titular, Ángeles Icardo, se pasa «todo el día llamando, hablando con contactos para conseguir material, se deja la vida por sus clientes», subraya su empleada. Misión imposible conseguir enseres de protección, de desinfección o limpieza. «No hay manera de lograr mascarillas, guantes, ni alcohol de 96 grados, ni de 70, ni alcohol de romero, ni agua oxigenada… Geles hidroalcohólicos hace días que no recibimos. Es una locura. Ha habido clientes que sabiendo que no teníamos guantes, nos han traído de los suyos de casa».

«Al llegar a casa les digo a mi hijo e hija: ‘Esperad que mami se desinfecte’. Y luego nos damos un abrazo virtual»

Y ella les paga con la misma moneda. Su jornada es de 8 a 15h, pero ella es mucho más que una farmacéutica. «En un pueblo nos conocemos todos, yo soy de mucho contacto, de abrazar, y esta barrera que ha creado el virus entre nosotros…, ¡buf!, me está costando mucho despachar sin más». Cuando su horario de trabajo termina, Amparo se desquita. Acude a aquellos domicilios en los que hay personas mayores o de algún grupo de riesgo para darles en mano sus medicinas. «Les digo a mis pacientes que se queden en casa, que yo salgo por ellos y les llevo su tratamiento. Que estamos más lejos por el virus, pero yo sigo cerca y sonriendo, aunque sea debajo de la mascarilla».

Sus tesoros

Su mayor pavor, el de todos los que estos días de confinamiento se ven obligados a pisar la calle para comprar, ir a la farmacia o a trabajar: llevarse el ‘bicho’ a su hogar. Allí le esperan su marido, Vicente, y sus dos tesoros, una niña y un niño de 11 y 7 años. «En cuento entro me quieren abrazar, me reciben con dibujos, pero yo les digo: ‘Esperad, hijos, que mamá se tiene que limpiar’. Y me cambio de ropa y desinfecto todo bien. Después, ya con ellos: nos damos un abrazo de coronavirus, virtual, que no hemos inventado para no tocarnos», apunta, otra vez con una sonrisa.

La farmacia fue en cierto modo un calco de cómo reaccionó al principio gran parte de la sociedad con el coronavirus. Muchos clientes no entendían los primeros carteles que pedían mantener la distancia. «Algunos nos decían que éramos unos exagerados, ¡que cómo nos iban a dar la receta! ¡Que cómo no iban a apoyarse en el mostrador!». El tiempo y la extensión de casos y pacientes graves fue sembrando la comprensión. «Ahora todo el mundo lleva guantes y mantiene la distancia».

Hasta ella, sanitaria, reconoce que el COVID-19 la ha superado. «Al principio yo pensaba que esta gripe no sería tan grave, creía que pasaría como una más», pero el coronavirus acabó enseñando sus fauces. Ahora Amparo Torres, como todos, sólo anhela que la sombra acabe, poder quitarse la permanente mascarilla y exhibir su eterna y hoy velada sonrisa. «Cuando acabe todo esto nos vamos a dar muchos, muchos besos. ¡Tantos besos que nos vamos a asfixiar!». Y ríe.

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