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Las 8 en punto de la tarde

A las ocho de la tarde, España se desahoga. El día se escribe en silencio, con la contención de un dique. Pero a las ocho en punto de la tarde, la gente de toda España abre la ventana y saca la cabeza del escondite donde ha pasado el día trabajando, cuidando niños, acompañando a abuelos. Salir al balcón es una forma de decir «estamos vivos». Una manera de proclamar que nos alimenta la esperanza por más que el miedo haya hecho su hueco en todas partes; y que se mantiene la fe en un porvenir colectivo, por encima y más allá del problema que atraviesa el mundo.

A las ocho de la tarde, el barrio, silencioso todo el día, se pone en pie. En principio era, y sigue siendo, un aplauso colectivo como homenaje a la labor impagable de los sanitarios. Pero ahora es muchas cosas más: porque en realidad las ocho de la tarde es la hora de decir todas las cosas.

Cuando uno sale al balcón está indicando a los que se asoman que no están solos, que existe la solidaridad y que esta es una batalla colectiva. Seguro que en el barrio hay también vecinos que sacan cacerolas y protestan contra el Gobierno de Sánchez y sus errores. Otros, los que agitan un viva a la sanidad, los que tocan el saxofón y los que hacen sonar el Himno de España a toda pastilla, lo que hacen es expresar un sentimiento, ahuyentar el miedo, combatir la soledad, hacer un homenaje al Ejército tantos años olvidado, o simplemente ponerse en sintonía con la demás gente.

No es posible saber por qué a las ocho en punto se asoma este o aquel. Unos gritan y otros cantan, unos insultan y otros miran el cielo silenciosamente. En medio de un confinamiento que va a ser largo, la ciudad-prisión, la casa-calabozo, tiene una hora dedicada a la expansión y el desahogo; el momento del bramido, la oración, el aplauso y la lágrima.

A las ocho de la tarde, miles de españoles mueven los teléfonos usándolos como linternas. Nunca tan poco fue tan útil a tantos. La gente se fotografía, se filma durante los dos minutos de expansión colectiva, para convertirse de inmediato en periodista emisor de la noticia de uno mismo. Estoy vivo y aguanto. En esta cuarentena universal, en el planeta-lazareto del año 2020, el móvil se ha adueñado definitivamente de una sociedad rendida a sus pies. Un virus ha encerrado en sus casas a 7.500 millones de habitantes con 7.800 millones de teléfonos inteligentes.

Son las ocho en punto de la tarde, salgamos a los balcones. Que no se nos olvide un pensamiento, un padrenuestro por los muertos, que son más de trece mil.

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