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Percusión

No parece que arrearle a una cacerola con la vehemencia del miembro de una banda de cornetas y tambores amenizando una procesión de la Semana Santa que nos vamos a perder aturda al puto virus que nos mantiene paralizados. Desde luego que no. Pero desahogar, desahoga un rato. Las rabietas infantiles es lo que tienen.

De todas formas conviene reconocer que el trueno de la cacerola lo iniciaron los crispadores habituales, esos que necesitan la tensión, el mal rollo, el enfrentamiento, para conseguir su cosecha en el río revuelto de las desdichas. Inventaron los escraches, las manipulaciones y las masacres de red social porque beben de la ira del desfavorecido y de esa ira extraen el zumo que les catapulta hacia los grandes cargos y las refulgentes mansiones. Utilizan el dolor ajeno como si fuese la pócima mágica que bebían los galos de Asterix antes de las batallas, pero esta vez la gente, la buena gente de verdad, padece hartazgo y no tolera semejantes mezquindades. Les vislumbramos el mugroso plumero, les adivinamos sus tóxicas intenciones. Y por fin, al fin, algunos descubren lo grande que les sienta el traje del Poder. La primera cacerolada se respondió con una contracacerolada, y sospecha uno que se debería de firmar un honroso empate para olvidar esas improductivas percusiones metálicas que terminarán por devastar los nervios del más templado. Basta ya de sinfonías dodecafónicas, por favor, ahorremos las energías para surfear sobre el espumoso encierro. En una de sus soporíferas apariciones el presidente Sánchez certificó la unidad del gobierno. Supongo que ante la crisis el paripé propagandístico exige esta clase de trolas, pero por si acaso nos gustaría que aplacase el ardor ruin de esos socios suyos empeñados en aprovechar políticamente la penosa situación. Ganaríamos tranquilidad.

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