OPINIÓN

Agujero negro

La situación que ha encontrado la Unidad Militar de Emergencias en su labor de desinfección y apoyo sanitario a las residencias de ancianos ha destapado situaciones absolutamente inaceptables. La presencia de ancianos abandonados en condiciones de salubridad deplorables y cadáveres sin recoger indica que estas instituciones han quedado absolutamente sobrepasadas, dejando en la indefensión a muchos residentes. Es difícil evaluar cuánto de esta gestión se debe a un desbordamiento inevitable, fruto del impacto de la epidemia entre los cuidadores, y cuánto a una mala praxis o a gravísimas carencias estructurales. La orden del Ministerio de Sanidad, que faculta a las comunidades autónomas a tomar el control de esos centros, está plenamente justificada y tiene que aplicarse con todo rigor. Pero no es suficiente.

Esta crisis ha destapado algo de lo que ya teníamos indicios y que pone en cuestión todo el modelo de gestión de la atención de las personas mayores. Algunos informes alertaban ya de que la dotación de personal era en muchos casos insuficiente para un cuidado de calidad. Otros informes advertían del uso abusivo de medicamentos para mantener a los residentes en un estado de letargo y suplir así la falta de cuidadores.

Reconociendo el gran esfuerzo que muchos trabajadores hacen estos días, expuestos como están ellos mismos por falta de medios de protección, y de los muchos ejemplos de sacrificio y abnegación que hemos conocido, es evidente que lo que ahora aflora es un amargo agujero negro en nuestro Estado de bienestar. En cuanto podamos superar esta situación de excepcionalidad, en la que lo prioritario es derivar recursos y personal a las residencias, habrá que revisar con el máximo rigor el modelo de gestión que tenemos, si el nivel actual de financiación es suficiente y si el sistema de conciertos con entidades privadas, muchas con ánimo de lucro, y los controles públicos garantizan los cuidados de calidad que los mayores necesitan.

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