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El teléfono también puede ser una tecnología escolar

Décadas de introducción de las tecnologías en las aulas y, de golpe y porrazo, la escuela -y las familias- se enfrentan a introducir las aulas en la tecnología. Y, claro, surgen las carencias y dificultades. No obstante, soy propositivo porque es el ánimo que se requiere en estos momentos. Todos, en nuestro entorno, somos conscientes de las dificultades. Cómo reaccionamos, cómo nos adaptamos, es la diferencia.

Ésta misma realidad es a la que se enfrentan las autoridades educativas para atender esta situación abrupta. Para esta situación incierta, nadie tiene un manual de instrucciones y las administraciones, profesores y centros se adaptan como pueden. Vean el ejemplo de cómo las administraciones intentan mantener las becas de comedor: en Madrid, distribuyen los menús a través de empresas de comida rápida, lo que tiene la crítica de la calidad de los menús pero lo cierto es que ya llevan una semana distribuyendo la comida; en la Comunitat se hará un vale para comprar en un supermercado, lo que permite un menú más variado -o no- pero no ha sido una solución tan rápida ¿Cuál es la mejor? Según los énfasis; me quedo con un reconocimiento a ambas por buscar soluciones a tanta dificultad.

Por eso, lo abrupto de la situación revela los distintos ritmos para una metodología a distancia, con obstáculos tanto en la dispar competencia digital del profesorado como en las diferencias existentes entre la familia. La Conselleria de Educación ha sido rápida y completa para crear MULAN, el conjunto de herramientas digitales que requieren los centros para esta situación: sin embargo, ya el primer día, ante la avalancha, ha estado a ratos fuera de servicio y, al tiempo, al partir de herramientas ya existentes, algunas han mostrado sus limitaciones. Pensadas como complemento para las clases, pueden quedar cortas cuando no hay presencialidad.

Cada profesor, cada centro, ha tenido que buscar adaptaciones a una realidad no deseada. Para lo que estaban preparados tecnológicamente, o no. Para familias que tienen ordenador, impresora e Internet, o no. Para alumnos acostumbrados a trabajar con tecnología, o no. De golpe, todos online, todos en ordenador. Y también sus padres, no lo olvidemos, en hogares que no tienen por qué contar con un aula de informática -aunque algunos entre portátiles y tabletas parece como que sí-.

Participo desde hace años en un centro que usa una metodología e-learning, con sus clases en directo y grabadas, su flexibilidad requerida, sus materiales digitales que no son meramente un libro digitalizado, sus tutorías virtuales… Un modelo disruptivo que de la noche a la mañana se exige a 75.000 profesores, 750.000 alumnos.

Es fácil juzgar y difícil hacer y todos adaptamos soluciones a una situación sobrevenida. Hay que ser flexibles, porque no todas las familias disponen de los mismos medios; hay que priorizar, porque la intensidad no va a ser la misma; hay que ser transversales, porque la situación -y las posibilidades de muchos padres- obliga a ir más allá del currículo.

Y como he dicho que quiero ser propositivo, animo a usar una tecnología que no se considera escolar: el teléfono. Sobre todo en las edades más tempranas, una llamada de la maestra al niño para transmitir las actividades -¡y tantas cosas!- supera cualquier otra tecnología. En una metodología online, el contacto directo es aun más un factor diferencial.

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