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Trabajar en tiempos del coronavirus

«¡Bello día para ocuparme de asuntos botánicos! Y sin embargo tengo que escribir esta hoja para presentarla impresa con el Suplemento 7º en la Exposición Aragonesa.

Quince días sin dormir despachando en mi botica 75 recetas de día, 75 de noche; el cementerio enteramente repleto de cadáveres, que con muchísima dificultad se pueden colocar.

Yo solo, sin ayuda de nadie, he satisfecho todas las necesidades en el acto sin conceder a nadie ni un minuto de espera; no quiero por el cumplimiento de mis deberes ninguna recompensa; solamente demando gratitud».

Estamos en plena preparación de las clases y seminarios que debemos impartir en nuestra Universidad por vía telemática. En unos pocos días debemos reorganizar la docencia, tal vez para lo que resta de curso académico. Todo es nuevo. ¿Todo es nuevo? No tanto. Enseguida hemos recordado las palabras que utilizamos más arriba a modo de introducción. Se pronunciaron, se escribieron, en Castelserás, un pequeño pueblo turolense. Era exactamente el 1º de agosto de 1885, cuando el cólera campaba a sus anchas en todo el Bajo Aragón y en buena parte de lo que hoy es la Comunidad Valenciana causando centenares de muertos, muchos de ellos médicos, cirujanos, farmacéuticos y sacerdotes.

Su autor era un modesto boticario rural quien, junto a su colega José Pardo Sastrón que ejercía entonces en el vecino lugar de Valdealgorfa, habían conseguido erigirse en los máximos exponentes de la botánica española. Muy por encima de los catedráticos y profesores universitarios de la época. A veces, menospreciados por ellos. La situación que se vivía aquel verano, queda perfectamente descrita en las frases citadas que vieron la luz en su obra ‘Tratado de las plantas de Aragón’. Lo que no se dice en el libro es que su autor murió solo un año más tarde, como consecuencia de las secuelas que le quedaron de la epidemia colérica. Tampoco se cuenta que falleció en medio de la pobreza, después de empeñar las medallas de oro que había alcanzado en diversos certámenes científicos, ni que será otro farmacéutico rural, Carlos Pau, quien prosiga desde Segorbe estando al frente de los estudios florísticos españoles.

No es tan nuevo, como vemos, el triste panorama que ofrece estos días nuestro país asolado por una gravísima pandemia que ha paralizado prácticamente toda actividad empresarial y comercial. Pero también desde nuestras casas podemos recuperar una cierta normalidad, al menos en todo lo que se refiere a la actividad de la enseñanza. En efecto, la vida sigue y en línea con el ejemplo dado por Francisco Loscos tenemos asimismo la obligación de realizar todos aquellos trabajos, docentes y no docentes, que pueden desarrollarse por medio de internet con un ordenador o soporte similar. Hacer de la necesidad virtud, que también es higiénico para nuestras mentes tenerlas ocupadas con cualquier tipo de actividad manual o intelectual. Lo mismo también en el caso de los alumnos. Frente al posible desánimo que puede producir la falta de la tensión que comunican las clases, prácticas o seminarios del día a día estudiantil, la posibilidad de proseguir el contacto entre profesores y alumnos por vía telemática debe proporcionar una suerte de continuidad académica efectuada ahora por otros métodos.

Si un sencillo farmacéutico rural, hallándose solo al frente de su botica, fue capaz de proseguir con normalidad sus investigaciones naturalísticas en plena y gravísima epidemia de cólera, robando horas al sueño y a su descanso, ¿no podremos nosotros, profesores y alumnos, hacer compatible el obligado aislamiento domiciliario con la reanudación de nuestra actividad docente o estudiantil? Lo haremos de una forma algo distinta, pero lo haremos. Y, posiblemente, consigamos todos de esta forma enriquecer nuestra propia experiencia de enseñar y de aprender.

Si Gabriel García Márquez nos hablaba en su novela de ‘El amor en los tiempos del cólera’, mostrando que no tiene porqué ser incompatible la pasión con el vibrón colérico, bien podemos nosotros tratar de estar a la altura de aquellos naturalistas decimonónicos y trabajar, enseñar, estudiar o proseguir nuestras investigaciones desde nuestros domicilios en medio de esta pandemia. Una vez más, la historia de la ciencia nos muestra el camino a seguir.

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