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Más o menos, lo de siempre

Si este gobierno no eleva el pensamiento y abarca los grandes problemas nacionales, ¿a quién va a dirigir el pueblo su esperanza?». Cuando lo leo me da un vuelco el corazón. Pero sigo: «Hay quien afirma, con razones técnicas, que si hubiese habido una política sanitaria (…) no tendríamos que lamentar las muchas desgracias que está ocasionando la gripe neumónica, fiebre tífica o como quieran titular a la enfermedad que se extiende por el país».

En mi cuarentena, con el parque del Turia tras la ventana, me tengo que pellizcar. Un desconocido M., corresponsal político de LAS PROVINCIAS en Madrid, escribió estas reflexiones el 21 de septiembre de 1918. El baile de «la cucaracha», la pandemia europea, no había hecho más que empezar. Y se movía sobre el cañamazo de un país desabastecido a causa de la Guerra Europea, empobrecido y casi hambriento, y desde luego harto de inútiles batallas políticas.

La gente a lo que temía era al viejo cólera. Y el periódico, en el editorial de ese día, se esforzaba en dar la eterna batalla a los bulos: era una gripe, en realidad benigna, pero que podía complicarse: «Es necesario, pues, que se atiendan debidamente las prescripciones facultativas y que las medidas adoptadas por las Juntas de Sanidad sean cumplidas por todos los ciudadanos».

Han pasado 102 años. Pero asombran las similitudes, los comportamientos sociales repetidos, el esfuerzo del periódico por hallar el punto exacto entre los bulos y los miedos, entre la esperanza y la verdad. El corresponsal escribía al hilo de una situación que en Madrid era mucho más grave. E iba destilando ya la crítica política que empezaba a hervir en el Congreso y en los cafés. El Gobierno perdía el tiempo y no separaba lo accesorio de lo fundamental: intentaba controlar las horas de trabajo de los funcionarios pero no buscaba la harina que los horneros necesitaban: «Los ministros tienen el deber de ocuparse en cosas útiles», decía.

¿Cómo no trazar el paralelismo? ¿Cómo no situarse en el escenario de la inútil manifestación del 8 de marzo y en las ridículas pugnas televisivas de unos miembros del gobierno a los que el virus ha atacado por igual?. El corresponsal de 1918 insiste: «¿No era más interesante la defensa de la salud de los españoles, que buscar el modo de molestar a los funcionarios públicos o de discutir la oportunidad de las delegaciones de la Mancomunidad Catalana?

Ahí está, como siempre, la radiografía -clínica pura- de un país con la misma dolencia un siglo y el siguiente: enfermedad, política errática y, como un martillo pilón, el asunto de Cataluña.

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