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El bisiesto más funesto

1. Sin metáforas

Me encantaría poder atiborrar este desvencijado Sillón de orejas de asuntos regocijantes, de mensajes positivos, de ironías, de mis habituales hipérboles sarcásticas sobre las circunstancias de nuestro encierro a cal y canto —los ingleses han inventado el neologismo covidiots (“covidiotas”) para designar a quienes rompen el encierro para darse un garbeo y contagiar un poco—. Me gustaría hacer sonreír al menos una sola vez al improbable lector/a que imagino del lado de allá de esta página (de papel o digital). Pero no sé, ni puedo: no me sale, he perdido la gracia (si es que alguna vez) y las ganas.

Sí, ya sé: esto pasará (aunque muchos se queden por el camino), resistiremos, nos abrazaremos con alegría, y hasta follaremos de nuevo sin guantes ni condones ni mascarillas ni geles alcoholizados; el capitalismo (si nada o nadie lo remedia) mutará una vez más para que todo siga igual; el índice de miedo y codicia (Fear & Greed Index) de las Bolsas dejará de hacer de coctelera de los llamados mercados, todo volverá a su ser (o estar) habitual, se acabó la ansiedad. Antes de que aquí y en Estados Unidos se llegue al tan esperado “pico” (es decir, a la cumbre de la montaña de muertos), leo unas declaraciones del ultrarreaccionario Dan Patrick, vicegobernador de Texas, acerca de su predisposición a inmolarse, como “abuelo”, para salvar la economía para sus hijos y nietos, un sacrificio que quiere extender a todos los viejos: de nuevo la criminal balanza entre la bolsa y la vida se inclina hacia la primera.

El bisiesto más funesto

Solo tengo preguntas que intento disimular, no sea que Miguel Ángel Oliver, el impresentable secretario de Estado de Comunicación, enseñe de nuevo su patita de lobo y me reproche, como harían Zhdánov o Goebbels, mi “tendencia enfermiza a preguntar”. Quizás la actual pandemia dé oblicuamente la razón a Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas (De Bolsillo, 1978) y cada época tenga la enfermedad que se merece (y cuyo simbolismo aprovecha): los románticos del XIX, la tuberculosis; los estresados de mediados del XX, el cáncer; los desencantados posmodernos de finales del XX, el sida; nosotros, tan estúpidos que creíamos que nos íbamos a ir de rositas, el Covid-19. Pero me niego a asumir sin protestar ese truismo aparentemente desinteresado y sublimador de que “los contagios forman naturalmente parte de la vida en sociedad al robustecer la inmunidad de grupo”: me suena a coartada de una sociedad incapaz de hacerse cargo de sus mayores, aceptarlo sería tan disparatado como asumir las orwellianas consignas de que la reclusión es la libertad (en 1984: “La libertad es la esclavitud”); la ignorancia, la fuerza; la guerra, la paz.

2. Sector

Si hay algo en lo que todos estamos de acuerdo es que el día después (suponiendo, etcétera) lo vamos a seguir pasando mal. El sector editorial, que es del que debo ocuparme, particularmente. Hay ERTE y ERE por doquier, y no solo en las pequeñas editoriales y librerías de por aquí, que recién acababan de recuperarse de la fanfarria de Lehman Brothers: hasta la mítica Strand neoyorquina, que no cerró ni en la depresión de 1929, acaba de mandar al paro a 188 trabajadores. En su forzosa hibernación, muchas librerías españolas —ahora sin el horizonte de Sant Jordi o de la Feria del Libro de Madrid— se preguntan si van a poder seguir sin ayudas, teniendo en cuenta que sus ventas han descendido más del 80%.

El bisiesto más funesto

Las “apuestas” editoriales para la temporada se posponen o reconfiguran, y muchos libros estupendos que iniciaban su andadura —pienso, por ejemplo, en pequeñas mujeres rojas, de Marta Sanz (Anagrama)— han abortado su promoción en el mismo comienzo del recorrido. Libreros y editores se preguntan si la “infodemia” de lectura gratuita o pirateada con la excusa del enclaustramiento no está siendo perjudicial para un sector aún convaleciente del palo anterior: ¿regresarán fácilmente a las librerías supervivientes (y que tienen que pagar los alquileres) lectores acostumbrados a la gratuidad? El ecosistema del libro y de la información es una cadena: ¿qué pasará con el empleo de los más débiles? Por mucho que intento responder a los interrogantes ayudado por el Tarot de Dalí (Taschen), las cartas permanecen mudas y más arcanas que nunca.

3. Entretenimientos

Cada uno lleva su encierro como puede. Ayer, por ejemplo, me lo pasé bomba recorriendo de arriba abajo el exiguo pasillo de mi casa mientras escuchaba en la cada vez más deteriorada e infantiloide Radio Clásica sonatas de Beethoven, a quien Cortázar llamaba Ludwig Van, y un bobísimo comentarista de la emisora, “genio sordo”. Luego, para deprimirme un poco rememorando la parte más obtusa de mi pasado, releí la agotadísima hagiografía Lenin por Gorki (Nostromo, 1974; traducción de José Fernández Sánchez, un “niño de la guerra” emigrado a la URSS y autor de la también inencontrable Mi infancia en Moscú; El Museo Universal, 1988), en la que el fundador del Estado soviético afirma: “No conozco nada mejor que la Apassionata, estoy dispuesto a escucharla todos los días. Es una música asombrosa, sobrehumana”. Pero añade, para estropearlo: “Pero no puedo escuchar música con frecuencia, me entran deseos de decir cariñosos disparates y de acariciar a la gente que, viviendo en un sucio infierno, es capaz de crear tal belleza. Y hoy no se puede acariciar a nadie, porque te pegan un mordisco, y hay que golpear las cabezas, golpear sin compasión…”. Vaya con Ilich, qué temple. También me entretengo intentando resolver paradojas. Les pongo una para que prueben: ¿Puede Dios crear una piedra tan pesada que no pueda moverla? Si puede hacerlo, es que no es omnipotente; y si no puede crearla, tampoco. Pues aplíquense el cuento.

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