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El lastre eterno

He escuchado a algunos opinantes en programas de radio escandalizarse por el comportamiento incívico de algunos de nuestros ciudadanos en estos tiempos de pandemia, cuando precisamente es más necesario que nunca ser comprensivos y solidarios con los demás. Una señora que escupe a unos guardias civiles al grito de «tengo el coronavirus» (cosa que era cierta) cuando la detienen por agredir a su pareja en Zaragoza; el joven que pasea un perro de peluche (¡!) por la calle y agrede a un policía en Valencia; los ocho gamberros que montaron una orgía en un piso en Barcelona; los que roban material sanitario que hoy es más valioso que el oro; el ‘listo’ de La Coruña que alquila a sus perros por dos euros los quince minutos para que la gente tenga una excusa para salir… Obviamente, los delincuentes siguen a lo suyo, procuran amoldarse a las circunstancias; no es el caso de los ejemplos de arriba, que simplemente muestra la variedad humana en cuanto a la indigencia moral. Entiendo la indignación, pero no me sorprende. Es como si me tuviera que asombrar de que existiera la necedad o la maldad en el ser humano, es decir, que tuviéramos que descubrir ahora que hay personas que es mejor tenerlas lejos.

Claro que hay grados en esto. Los que se dedican a emponzoñar las redes sociales para generar ansiedad o desconcierto están varios escalones por encima. Pero, de nuevo, es algo que se ha visto en toda catástrofe o situación de emergencia, siempre hay alguien que disfruta aprovechándose del mal ajeno, aunque ese provecho sea puramente subjetivo o personal, porque en esto está la ganancia: uno se siente reivindicado en su identidad cuando es capaz de producir un efecto real, aunque sea destructivo. No obstante, mi ‘favorito’ entre los canallas de estos días suma a la satisfacción personal el ánimo de lucrarse, y es el tipo (o tipa) que lanzó un virus contra hospitales españoles hace unos días, con la esperanza de que infectara el sistema informático y cobrar un rescate por liberarlo. Parece que no lo consiguió, felizmente, pero hay que mantener la alerta.

Uno piensa qué clase de persona puede hacer una cosa así, precisamente cuando los sanitarios están luchando en una guerra cuerpo a cuerpo para que la vida de los pacientes no se les vayan de las manos. Pero «esa clase de personas» siempre está con nosotros, en tiempos de bonanza y en tiempos de desolación, solo que ahora es más visible o nos indigna más. Ellos son el lastre eterno de la condición humana, algunos de poco peso, otros una auténtica cruz.

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