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Javier Codesal: “A diferencia del Covid-19, los afectados por el sida sufrían un rechazo abrumador”

Javier Codesal (Sabiñánigo, Huesca, 1958), videoartista y poeta, acaba de publicar Texto de obra (Libros de la resistencia) palabras. En el recoge apuntes sobre sus obras relacionadas con el flamenco, la propia esencia del cine o la violencia en Colombia. Su última gran exposición, Ponte el cuerpo (Musac), incluyó sus trabajos sobre la epidemia del sida.

¿Qué libro y película recomendaría para el confinamiento? Que cada cual siga su gusto. Yo me siento ahora más libre que de costumbre para seguir el mío, sin obligarme a leer o ver aquellas cosas que me cuestan más.

¿A qué dedica más horas estos días encerrado? Preparo una exposición y un ensayo sobre el cine de Pedro Costa. Así que veo sus películas y tomo apuntes.

¿Añadiría algo reciente, a Ponte el cuerpo? En nuestra situación actual, cuando el cuerpo parece regresar al lugar central que le corresponde, yo trazaría un triángulo entre Ha nacido Manuel, Ponte el cuerpo y Feliz humo, tres de mis textos donde el cuerpo es nombrado sucesivamente en su nacimiento, en la complicación del goce y el sexo, y en la pérdida y su duelo. Escribí Feliz humo en un momento crítico de la pandemia del sida en España, algo similar a esta aunque con diferencias; por ejemplo, entonces los afectados sufrían un rechazo abrumador.

¿Qué le hizo querer ser artista? ¿Alguien, algo, una exposición, una revelación? Una revelación. Vi Teorema, de Pasolini, siendo estudiante de teología y recién descubierta mi homosexualidad. Decidí estudiar cine de inmediato y cambié de vida.

¿Y poeta? Los pocos poemas del libro de literatura de tercero de bachillerato. En casa no había libros de poesía. Fue escuchar aquel runrún y ponerme a escribir.

¿Qué poema ajeno le habría gustado escribir? Uno de Vallejo, uno de Emily Dickinson, uno del no libro Para una tumba de Anatole, y tantos…

¿Qué aprende un poeta como artista audiovisual? A guardar silencio. Durante años, en mis vídeos no hubo diálogos; así que las palabras de los poemas también eran pocas.

¿Y viceversa? Aprendí con el tiempo a abrirle la puerta a las palabras; que ahora, en vídeos como Testimonio de Frederman lo cubren todo.

¿Ha habido cine tras los Lumière? ¿Quién lo ha hecho? Sí, mucho. Lo han hecho quienes no olvidaron el rudimento técnico, lo material de aquella máquina.

¿Qué tiene el flamenco que lo hace tan especial para un artista? Materialidad, corporeidad, soltura… De niño, cuando sonaba flamenco en la tele, mi padre pedía silencio (sin mucho éxito) y aquello no me gustaba pero me sobrecogía. Luego me gustó.

¿En qué piensa cuando hablan de usted como de “un pionero” del videoarte? En los niños “pioneros” que vemos en las películas de Vertov.

¿Qué aprendió trabajando en Colombia? A señalar en mí la parte de victimario. Y a poner en valor a los colombianos pobres.

¿Cuál ha sido el último libro que le ha gustado? Contra el cine, de Guy Debord.

¿Y la última exposición? Cambio exposición por proyección: Gritos en favor de Sade, del mismo Debord; la vi hace unas semanas en el Bellas Artes.

¿Cuál es la película que más veces ha visto? Ordet, de Dreyer. Cae, como mínimo, una vez por año. Siempre encuentro aspectos inadvertidos. Y siempre me quedo al borde de llorar.

Si tuviese que usar una pieza musical como autorretrato, ¿cuál sería? De autorretrato me valdría una jota; y mejor a pelo. Como fondo del retrato: por el día Sequenza III, de Berio; por la noche Erbarme dich, de Bach.

¿Qué suceso histórico admira más? Las migraciones actuales, sus causas y el modo en que son tratadas por los países de destino serán nuestra historia, y harán sentir vergüenza en el futuro. No admiro eso, me quedo atónito.

¿En qué piensa cuando escucha la palabra belleza? A menudo, pienso en escapar.

¿Qué está socialmente sobrevalorado? La pasta y el éxito.

¿A quién le daría los próximos premios Cervantes y Velázquez? A todas y a todos sin distinción.

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