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Valdez, un extremo con poesía

Con la temporada empezada y el equipo todavía en proceso de construcción, aterrizó en Valencia procedente del Platense. Su incorporación estuvo envuelta de gran misterio. Su llegada se ocultó a la opinión pública, fue recibido como si fuera un clandestino. Se le llevó a vivir alejado del club y de los medios de comunicación en Chiva. Óscar Rubén Valdez hubo de esperar varias semanas hasta que, finalmente, su documentación fue aceptada y se le autorizó a debutar bajo la condición de oriundo. En los primeros compases de la temporada 1970-1971, el Valencia, conducido por Alfredo di Stéfano, apuntaba alto aunque los resultados no terminaban de respaldar las sensaciones que transmitía un equipo que fue eliminado de la Copa de Ferias en la segunda ronda y que tan sólo pudo ganar un partido de Liga de los cinco disputados en el arranque del campeonato.

En la sexta jornada se produjo su debut. Valdez formó en el once que se impuso al Sporting en El Molinón por 0-1. Cuatro días después del triunfo en Gijón actuaba por primera vez en Mestalla. El Valencia cayó derrotado ante el Beveren belga por la mínima. Aquel fue el último encuentro de este torneo europeo jugado en casa por los valencianistas que desapareció a la conclusión del ejercicio para dar paso a la Copa de la UEFA. El debut de Valdez resultó discreto y quedó eclipsado por el resultado adverso. Todo lo contrario de lo acontecido dos semanas después en el Camp Nou, donde el Valencia dio un golpe de autoridad. Valdez se salió esa noche, se estrenó como goleador al marcar el segundo tanto en una acción individual repleta de picardía. Se internó por la banda derecha, desbordó a su marcador y batió a Sadurní con un remate de puntera con su pierna izquierda. La pelota se le coló al portero del Barça por debajo de las piernas.

El triunfo adquirió la consideración de acontecimiento. Centenares de enfervorecidos aficionados acudieron la noche del lunes, dos días después del encuentro, en peregrinación al cine Coliseum para asistir en color a la proyección íntegra del partido y vibrar con la victoria. Todos salieron prendados del juego de Valdez. El flechazo surgió a través de la enorme pantalla de aquel cine cuya capacidad le convertía en el de mayor aforo de la ciudad. El Valencia se vino arriba y Valdez también. En la siguiente jornada, el Atlético de Madrid, vigente campeón, acude a Mestalla. Se agota el papel en las taquillas. Máxima expectación y triunfo épico por la mínima gracias al gol de Sergio, el socio de Valdez en la banda derecha. Los números están repartidos. Valdez luce el clásico once de los zurdos. Esa tarde vuelve locos a los zagueros del conjunto rojiblancos que le buscan pero son incapaces de frenar su repertorio de quiebros y amagos.

Valdez no era un gran goleador, pero su juego desprendía una atracción irresistible. No pasaba inadvertido para nadie porque se salía de la rutina, siempre se esperaba alguna genialidad de quién era rápido pero no atolondrado, saltaba de cabeza con una energía sorprendente, lanzaba los córners y las faltas con precisión y potencia. Un futbolista completo en múltiples facetas que además estaba dotado de una clase extraordinaria. Mestalla cayó rendido a su juego y los niños de aquella época le imitaban con más entusiasmo que acierto. Las medias bajas, los brazos en jarras a la espera de entrar en acción, la estampa habitual, una mirada desafiante que ponía en guardia a los rivales.

Valdez cerró la temporada liguera en Mestalla con un doblete goleador y una inoportuna lesión ante el Elche en Mestalla en la penúltima jornada. El Valencia se impuso por 3-0 y se consolidó como líder a falta del partido de Sarrià que cerraba la Liga. En la foto, tantas veces publicada, de la alineación del recordado partido en el feudo españolista donde se cantó el alirón, no aparece Valdez que se hallaba convaleciente. El gran ausente de un día inolvidable. Suyo fue el último gol oficial de aquel inolvidable ejercicio, gracias a un prodigioso remate de coronilla en la prórroga de la final de Copa, el tercero de un equipo que mereció mejor suerte. Por entonces, la poesía de Valdez ya nos había conquistado.

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