Culturas

Palabras para explicarnos la pandemia y vencer al miedo

Desde el alba de los tiempos el género humano ha sufrido los estragos de plagas, pestes y pandemias. Y se ha confinado para defenderse de unas infecciones mucho más mortíferas en el pasado que hoy. De Tucídides a Camus, de Séneca a Montaigne o Schopenhauer, filósofos, historiadores, literatos e investigadores reflejan cómo estas sacudidas cambian nuestras vidas, pensamientos y comportamientos. «Las epidemias han tenido más influencia que los gobiernos en el devenir de nuestra historia», aseguró George Bernard Shaw. «La lucha milenaria entre el microbio y el hombre se reduce a esta sencilla cuestión: ¿quién domestica a quién?», advertía hace un siglo Ramón y Cajal. Y en esta seguimos.

Hace más de 3.700 años el ‘Poema de Atrahasis’ contó cómo el dios acadio Enlil se cansó de soportar el ruido de los recién creados humanos e intentó exterminarlos con la peste. Es una de las más antiguas aproximaciones a las pandemias, que suelen estar entre la culpa, la rebelión y la resignación. Arthur Schopenhauer sostenía que «el hombre prudente es aquel que se anticipa al daño», pero casi dos milenios antes Séneca afirmaba, por contra, que «lo que no se puede evitar, inútilmente se previene».

«Un dios portador de fuego se ha lanzado sobre nosotros y atormenta la ciudad: la peste, el peor de los enemigos», escribe Sófocles en ‘Edipo Rey’ ante una Tebas asolada por la epidemia que Edipo motivó, sin saberlo, con un antiguo crimen.

«Las epidemias han tenido más influencia que los gobiernos en el devenir de nuestra historia», sostuvo Bernard Shaw

Tucídides narró en su ‘Historia de la Guerra del Peloponeso’ los estragos de una epidemia «tan grande y un aniquilamiento que no se recordaba que hubiese tenido lugar en ningún sitio». Describe los síntomas de la peste que él mismo contrajo y la reacción psicológica y social. «En el caso de que un día sobreviniera de nuevo, se estaría en las mejores condiciones para no errar en el diagnóstico», dice en el primer abordaje de base científica bajo la doctrina de Hipócrates.

Europa vivió a partir de 1347 la peste más devastadora. Cuando Boccaccio llegó a Florencia comprendería que «los lazos de la amistad son más estrechos que los de la sangre y la familia». Así lo escribió en el ‘Decamerón’, sus iluminadores cuentos sobre los efectos en nuestra psique, actos y emociones. «Vale más actuar exponiéndose a arrepentirse de ello, que arrepentirse de no haber hecho nada», dice Boccaccio en aquellos días aciagos. «Humana cosa es tener compasión de los afligidos, y aunque a todos conviene sentirla, más propio es que la sientan aquellos que han tenido menester de consuelo y lo han encontrado en otros», colige.

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En cada pandemia el miedo atenaza a la razón y los corazones, y son muchos quienes nos instan a plantarle cara. «No hay cosa de la que tenga tanto miedo como del miedo», escribe Michel de Montaigne, el padre del ensayo, que se ocupa de cuanto aflige y celebran los humanos. Aislado en su torre para escribir sus ‘Essais’, nos recuerda que todo es transitorio. Que «a nadie le va mal durante mucho tiempo sin que él mismo no tenga la culpa». «El que teme padecer, padece ya lo que teme», escribe.

«Para nada me asusta el peligro, pero sí la consecuencia última: el terror», escribiría tres siglos después Edgard Allan Poe, que abordó el asunto en cuentos como ‘El rey Peste’ y ‘La máscara de la muerte roja’, que protagoniza Próspero, un príncipe que construye un palacio magnífico e inexpugnable para escapar de la muerte, que le alcanzará en forma de espectro. «Nunca hubo peste tan mortífera ni tan horrible. La sangre era su emblema y su sello, el rojo horror de la sangre», escribe Poe.

Miedo al miedo

«En este momento de pánico solo tengo miedo de los que tienen miedo», afirma Victor Hugo en ‘Cosas vistas’. «Cuanto menos miedo, mejor. El miedo nos castra y nos degrada», nos dice Philip Roth en ‘Némesis’, donde narra una espantosa epidemia de polio en Nueva Jersey.

«Es una idea que puede hacer reír, pero la única manera de luchar contra la peste es la honestidad», escribe Albert Camus en ‘La peste’. Narra una epidemia en Orán en los años cuarenta y está plagada de frases que hoy toman un nuevo y reconfortante sentido. «Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas», advierte. «El hábito de la desesperación es peor que la desesperación misma», señala el gran escritor francés, que no deja de repetir que «la estupidez insiste siempre». «La plaga -apunta- no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar».

«No hay soluciones locales para problemas generados a nivel global», declaró Zygmunt Bauman, uno de los grandes pensadores del siglo XX, reclamando abordajes globales para problemas universales. Destaca el autor de ‘Las consecuencias sociales de la globalización’, cómo ante los desastres, las guerras o las pandemias la gente se suele movilizar «olvidando sus diferencias y discrepancias».

Más pesimista y provocador es Jean Baudrillard, para quien «las grandes y mortíferas epidemias han desaparecido: todas han sido reemplazadas por una sola, la proliferación de seres humanos», escribe el pensador galo en ‘Cool memories’.

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