Culturas

Borja Domecq, el último patriarca del toro bravo

La noticia impacto del toreo, que no escapa al yugo del coronavirus, ha sido la muerte de Borja Domecq Solís, propietario de la ganadería de Jandilla (también de la de Vegahermosa), vacada fundacional del encaste Domecq a la que se le reconoce como madre del toro moderno a través de tres generaciones que fueron moldeando la forma de embestir según los gustos del momento, y es con el propio Borja con quien se da el último paso evolutivo. Por todo ello se le consideraba como el patriarca y referente de un modo de entender la bravura. Su modelo de toro es obra de una ingeniería genética de máximo nivel.

Era el último representante de la tercera generación de una dinastía jerezana de vinateros que fundase Juan Pedro Domecq y Núñez de Villavicencio, quien un buen día se encontró con que, llegada la hora promocionar y vender sus vinos y coñacs en las grandes ciudades en fiestas, los criadores de toros bravos tenían una entrada social que no encontraba él, así que decidió comprar una ganadería. Esos inicios, puramente mercantiles, derivarían en las generaciones siguientes en una vocación ganadera que les ha acompañado hasta la actualidad.

En aquella primera experiencia, el primer Juan Pedro ganadero se inclinó por comprar la divisa de más abolengo en aquel momento, la del Duque de Veragua, que había sido en sus inicios la ganadería real de Fernando VII. Acertó, y aquella compra le convirtió en centro de atención social en todas las ciudades en feria.

«El toro es un cóctel de virtudes, bravura lo primero, duración… y toreabilidad»

No acabó allí su estrategia comercial y volvió a interpretar la realidad con gran precisión y anticipación. Ahora para que sus toros fuesen más demandados. Entendió, seguramente por consejo de sus amigos, que aquel toro explosivo y salvaje de Veragua, que daba un juego de más a menos, espectacular en varas e imposible y breve en el último tercio, había acabado su vigencia en el siglo XIX y decidió darle la vuelta a la ganadería. De la mano de su hijo Juan Pedro Domecq y Díez, dotado de un instinto ganadero que le llevó a ser uno de los criadores de bravo más trascendentales del siglo XX, fue eliminando todo lo de Veragua e incorporando vacas y sementales del Conde la Corte por consejo de su cuñado Ramón Mora Figueroa, que, además de haber sido propietario durante un breve periodo de tiempo de esa ganadería, tenía mucha entrada en casa del Conde, lo que le permitió acceder a la compra de varias camadas de becerras y seleccionar con el criterio propio de quien lo conoce a la perfección.

El toro que crió y moldeó el segundo Juan Pedro, padre de Borja, marcó su época. No grande, sí bravo y enclasado, su toro se adaptó a la demanda del toreo del momento, y a partir de los años sesenta cabría decir que sucedió al toro de Carlos Núñez y acabó siendo la madre de muchas ganaderías, algunas de tanto relieve como Algarra o Victoriano del Río, y después Fuente Ymbro cuando ya estaba en manos de Borja.

Posteriormente, con la tercera generación de la familia Domecq, surgen tres nombres distintos que se ponen al frente de la ganadería en diversas etapas con conceptos de selección diferentes. Juan Pedro, el primogénito, que se independiza pronto y se lleva el hierro de Veragua y la parte de la vacada que le correspondía como herencia. En ese momento la ganadería pasa a denominarse Jandilla, nombre de la finca madre situada a la vera de la laguna de la Janda y a herrarse con una estrella, quedando bajo la directriz de otro de los hijos, Fernando, que a no mucho tardar sigue el mismo camino que su hermano, éste con la parte de vacas que le corresponden y un hierro de rancio abolengo que compra en Navarra, Zalduendo. Finalmente es Borja quien se queda al frente de la ganadería madre y quien la dirige desde 1987 hasta la actualidad, en el periodo de gestión más prolongado tras el fundador.

El peso del éxito

La consideración de estos toros ha estado acompañada de un marchamo que le pretendía condenar por su propio éxito. Se le acusa de haberse extendido en exceso y como consecuencia haber homogeneizado la cabaña brava. La teoría, muy repetida, se puede contraargumentar anteponiendo la influencia de cada ganadero a la del encaste y se comprueba en la misma familia Domecq. Cada hermano le da una personalidad distinta a sus toros que se aprecia en la plaza. Juan Pedro apuesta y lo consigue por un toro voluminoso y más colaborador, lo que él llamó toro artista por simplificar; Fernando mantiene un buen equilibrio entre toreabilidad y bravura, aunque no acaba de incorporarse a la demanda del toro voluminoso y de muchos kilos que manda en el mercado; mientras que Borja asume la demanda del aficionado y del torero de forma más equilibrada, al punto que se puede considerar que se adelanta a los tiempos. Su toro tiene presencia y carácter. Ejemplares como Horroroso, el toro de contradictorio nombre lidiado las pasadas Fallas, son el mejor ejemplo y el último premio que recogió el ganadero.

En una reciente charla de amigos Borja me exponía su concepto de toro bravo. «El toro es como un cóctel de virtudes, la bravura es lo primero, la duración -decía para responder a la demanda de faenas largas- y la movilidad son muy importantes hoy día también, al igual que la toreabilidad, que en su versión buena implica bravura; y además debe tener nobleza, pero con cuidado, porque si se pasa de noble aburre». Y abundando en la misma cuestión añadía un toque directo contra el toro excesivamente obediente y de poco carácter: «La tauromaquia está basada en los toreros machos, en poder a los toros. El toreo de oro de Curro o de Morante se le hace solo al toro de oro, no se puede hacer a otro y tienes el don que Dios les dio a ellos o no se consiente. Solo cuando un artista es inconmensurable puede cantar con poca voz. Y el toro es la voz, claro».

Las fincas de Borja están en Extremadura, donde llevó sus ganados cuando la rentabilidad de la agricultura, especialmente el arroz en el entorno de la Janda, comenzó a restarle espacio al toro bravo. La elección de Extremadura fue otro de sus aciertos premonitorios. El clima extremeño, la calidad de las dehesas y los encinares, lo que supone buena tierra y buen techo, aportaban sanidad a los ganados y ayudaban a darle el carácter enterizo y la presencia que demanda el toreo de hoy. Por todo ello y por su carácter caballeroso, su pérdida ha sido especialmente sentida.

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