OPINIÓN

Hermenéutica de los balcones

En La peste, Albert Camus nos describe cómo la enfermedad física se ve acompañada de otra psicológica, que la infección no acaba en el cuerpo. Me temo que eso mismo es lo que ahora estamos padeciendo. Lo veo desde mi balcón y desde esa otra ventana que nos proporciona la Red: cómo ese inicial impulso solidario se va apagando y reverdecen nuestros atávicos antagonismos y el deleite en la confrontación.

Mi barrio no es representativo, es uno de esos barrios burgueses de Madrid donde la derecha suele sacar dos tercios de los votos. Pero lo que observo todas las tardes seguro que denota algo preocupante. A las 20.00 h. toca el aplauso solidario con quienes nos protegen; a las 21.00 h, la cacerolada contra el Gobierno, siempre más ruidosa y acompañada de algún que otro insulto, incluso de gritos de ¡Viva España!, como si el Gobierno estuviera ocupado por una potencia extranjera. La verdad es que me estremece, porque con el breve retardo de una hora se pasa de la emocionalidad empática y unificadora a la divisiva y cainita. Y saca a la luz una importante contradicción. Esos a los que jaleamos, los que están sacrificándose por todos, necesitan vernos unidos; no hacia ellos, que lo estamos, sino como sociedad; saben que así serán más fuertes. No entienden de pacientes de derechas o de izquierdas, solo de seres humanos. Son además muy críticos hacia la falta de medios adecuados, pero tienen plena conciencia de que a esa situación se ha llegado por las políticas de gobiernos de diferente color. Sus críticas las hacen para mejorar las cosas, no para extraer rendimientos políticos espurios.

Hay algo más, algo quizá más lacerante. Me refiero a nuestra propia responsabilidad individual en la extensión del virus. A partir de un determinado momento se nos advirtió de las consecuencias de nuestras acciones y aún así lo ignoramos. A pesar de ser alentada por el Gobierno, yo mismo no fui a la manifestación del 8-M por evitar el contagio, y, en sentido contrario, sé de muchos que aprovecharon el día anterior a la entrada en vigor del estado de alarma para huir de Madrid, ese gesto tan propio de las actitudes del “sálvese quien pueda”. Lo malo es que nadie se siente aludido por su comportamiento, la culpa siempre es del Gobierno, como si fuéramos irresponsables ciudadanos inmaduros. Por eso mismo imagino que si los que ahora están recibiendo las críticas estuvieran en la oposición no actuarían de forma muy distinta, al menos algunos de ellos. No sabemos salirnos de esa máxima de que lo que es malo para el Gobierno es bueno para la oposición. Caiga quien caiga. Lo más terrible es que, como en la pintura de Goya, mientras seguimos a garrotazos nos vamos hundiendo más y más en el fango.

Hay algunas excepciones a este tipo de actitudes que merecen ser destacadas, las de Arrimadas, Núñez Feijóo, el alcalde de Madrid y, en buena medida, la del propio Gobierno vasco, que no ha caído en el cruel oportunismo de las autoridades catalanas. Son esperanzadoras porque nos muestran que otra política es posible y que hay bienes que están por encima de coyunturales intereses de partido. No todo está perdido. Tomemos nota.

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