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La guerra de las mascarillas

Ninguno de los 40.000 sanitarios enviados desde las diferentes provincias chinas como refuerzo para combatir la epidemia del coronavirus en Hubei se ha infectado del SARS-CoV-2. El dato, proporcionado por el Diario del Pueblo, contrasta con la elevada tasa de contagio entre el personal sanitario español. El rotativo chino subraya que, en gran medida, ese logro se debe a la elevada protección de sus médicos y enfermeros, y apuntala esta afirmación con un vídeo a cámara rápida en el que una doctora muestra la forma correcta de vestir múltiples capas de protección antes de ofrecer sus cuidados a los pacientes.

Es reflejo de dos formas de hacer frente al coronavirus. La diferencia entre Oriente y Occidente es evidente en las fotografías que comparan el grado de protección de los sanitarios chinos con el de los médicos italianos a los que visitaron. Han circulado de forma masiva en las redes sociales chinas y muestran a los asiáticos protegidos de pies a cabeza charlando con sus colegas europeos, muchos de ellos sin guantes ni batas. Sin duda, son imágenes en las que falta contexto, pero que provocan asombro.

Por otro lado, mientras en Occidente se repite una y otra vez que las mascarillas son innecesarias para el público general, algo con lo que concuerda la Organización Mundial de la Salud, en países asiáticos como la propia China o Vietnam su uso es obligatorio. En Shanghái, por ejemplo, aunque de vez en cuando se ve a alguien sin mascarilla por la calle, está prohibido utilizar el transporte público sin ella. En el país de Ho Chi Minh, desdeñar la norma acarrea multas y penas de hasta 12 años de cárcel si se demuestra que la falta de mascarilla propició la propagación del patógeno.

Sin duda, sorprende esta divergencia de criterio. Los expertos occidentales inciden en que el acopio de mascarillas y de guantes por parte de la población resta recursos a los sanitarios que de verdad los necesitan y no proporcionan un relevante aumento en su protección frente al contagio. Al contrario, pueden incrementar una sensación de seguridad tan ficticia como peligrosa, ya que es fácil utilizar incorrectamente estos elementos. El distanciamiento social, evitar tocarse la cara, y lavarse a menudo las manos es suficiente, aseguran.

En Asia, donde la población está habituada a llevar mascarilla cuando tiene síntomas gripales, preocupa el papel que pueden jugar en la propagación del coronavirus los contagiados asintomáticos -aquellos que nunca sufren síntomas de la COVID-19- y los presintomáticos -infectados que todavía no sufren los síntomas, pero que los desarrollarán en los próximos días-. La falta aún de evidencia científica suficiente al respecto invita a extremar las precauciones.

No en vano, hoy el South China Morning Post ha tenido acceso a un documento confidencial chino y publica que, según datos del gigante asiático, un tercio de los infectados podrían ser ‘portadores silenciosos’. China identificó y aisló a 43.000 de ellos, que no fueron contabilizados en las cifras oficiales, en una medida que puede haber servido para frenar la expansión de la epidemia. En Corea del Sur, posiblemente el país con más éxito en el control de la epidemia, el Gobierno también ha apostado por realizar tests masivos entre la población y por aislar inmediatamente a quienes hayan dado positivo o hayan estado en contacto con algún infectado.

La duda está en si estos infectados sin síntomas son capaces de propagar el coronavirus o no. La Organización Mundial de la Salud ha afirmado que los asintomáticos rara vez lo hacen, y que los presintomáticos son contagiosos solo un día antes de sufrir las consecuencias de la enfermedad. Pero otros estudios extienden ese período de peligro hasta cuatro días. Y también hay dudas sobre la capacidad de contagio después de haber sido dado de alta. En todos esos casos, afirman los especialistas chinos, una mascarilla podría tener cierta eficacia en la contención de la transmisión del virus.

De momento, las medidas tomadas por China parecen estar funcionando. Después de más de dos meses de cierre total de la actividad no esencial en Hubei, el país va recobrando la normalidad. Pero no sin sobresaltos. Ayer, por ejemplo, se ordenó volver a cerrar los cines que habían abierto justo unos días antes después de que se detectara un contagio en la provincia oriental de Zhejiang. Fue la única infección local de las 45 que registró el país. El resto provino del extranjero.

La victoria no le ha salido barata: según el Diario del Pueblo, dependiente del Partido Comunista, China ha gastado 10.390 millones de yuanes (1.400 millones de euros) en el diagnóstico y el tratamiento de 93.238 personas, infectadas o sospechosas de haberlo estado. El Estado ha corrido con todos los gastos, ya sea a través de la Seguridad Social o de ayudas especiales para afrontar la epidemia.

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