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Más aislados por el virus

La vida allí pasa con la calma que anhelan en la ciudad. Las campanas de la iglesia marcan el tiempo que parece pasar con menos prisa. Casi todos se conocen y se saludan. La calle es como un pedazo más de hogar que se anexiona a sus casas. Y el bar o el horno esos lugares de encuentro cuando cae el sol. La despoblación era hasta ahora su epidemia particular, la que sufren en silencio muchos municipios del interior. Pero nunca esperaron tener que combatir una pandemia mundial.

«Si parecía que no iba a llegar a Valencia imagina aquí, era algo con lo que no contábamos», dice Andrea, vecina de Titaguas. «Pero de repente te das cuenta de que estás en un pueblo de 400 habitantes y donde la población es muy mayor«, añade la joven que es profesora de educación infantil en la localidad de al lado.

Andrea pertenece a ese pequeño porcentaje de personas que contribuye a rejuvenecer la España vaciada. Aunque nació en Valencia, donde reside toda su familia, ella vive con su pareja en Titaguas. «Desde que acabé la carrera me vine aquí y vivo con mi pareja que es electricista, él es de aquí de toda la vida».

La pandemia les pilló de excursión. Llegaron a casa y todo cambió. Reconoce que siente miedo por la situación. «Fue un poco shock, todo es un muy raro ahora», dice tratando de explicar que aunque el ritmo por allí no haya cambiado, si se nota en el día a día y en las cosas más pequeñas cómo hacer la compra.

La tienda de Pili es la única que sigue abierta; justo después de Navidad cerró la otra que antes daba servicio. «Abastecer a todo el pueblo es complicado, aunque la gente tiene otra percepción de las cosas y no se han puesto a comprar como locos. Al principio bajábamos a la tienda, te ponías guantes y tenías que esperar fuera. Y claro, a los más mayores les llevan la compra a casa«. Pero este fin de semana Pili decidió atender a todos por teléfono. «Nos prepara el pedido y después te cita en la tienda, así es más rápido y se evita coincidir con los vecinos».

El alguacil les recuerda en un bando diario que no salgan de sus casas. «Es igual que en la ciudad, no podemos salir», dice la joven sorprendida porque «algunos conocidos nos dicen que les da envidia porque tenemos el campo, pero es que por aquí también pasa el SEPRONA y la Guardia Civil y también multan«, explica.

El confinamiento les convierte en pueblos fantasma. En la mayoría los ayuntamientos han impuesto un cortafuegos con las ciudades. Evitan así el trasiego de personas y tratan de comunicarlo a quienes tienen una segunda residencia. «Ya no se ve a nadie por la ventana, además antes venían casi a diario gente de Valencia como repartidores, médicos, profesores … de ahí el miedo porque también hubo gente de segundas residencias que le pilló aquí la cuarentena«, comenta Andrea. Ella y su pareja se enteraron de que en el pueblo de al lado hay un infectado y la sensación de miedo sigue siendo la que describe cómo viven el aislamiento. »Somos 400 y a duras penas, hay gente mayor y muy longeva, tenemos que tener cuidado«.

El miedo del que habla Andrea es inevitable. Las cifras lo dejan aflorar. El 16,4% de los casos de Coronavirus se da en personas de entre 70 y 79 años. Y el 16% en mayores de 80. En total hay 9.749 contagiados mayores de 60 años en España, según los datos del Ministerio de Sanidad.

El virus se ceba con quienes mantienen con vida muchos pueblos. Son los mismos que sobreviven a la despoblación, los más vulnerables. Y no sólo al contagio, sino también a vencer al llamado Covid-19. Por eso, no es de extrañar que la preocupación y el miedo se cuele por sus ventanas. Más del 30% de los vecinos son mayores de 65 años. Como Paquita Gómez, vecina de Guardamar de la Safor.

«Lo único que hace que los días sean distintos es cuando llega la furgoneta que reparte el pan. Salimos uno a uno y compramos el necesario, siempre guardando las distancias«, comenta Paquita resignada. A ella, le preocupa la situación que dice «roza lo deprimente», en su caso dice que, se levanta por las mañanas y tras comprar el pan está todo hecho: «Limpias en casa, sobre limpio, por hacer algo. Te marcas una rutina, pero aún así es todo muy costoso. Veo la misa a las 10,30 horas desde la Basílica de Valencia, hago deporte, subo cinco o seis veces las escaleras y preparar algo para comer».

Con algo más de optimismo lo lleva Fany. Es auxiliar de administración en un pueblo de Alicante que supera por poco los 400 vecinos: Castell de Castells. Tiene 51 años y echa de menos su vida antes de la pandemia. «Aquí somos pocos pero quedabas en el bar o podías ir a dar un paseo, distraerte al aire libre», dice. No ha perdido la esperanza de que todo vaya a mejor. Por ahora no hay ningún infectado.

«Lo llevamos bastante bien, estamos como en todos sitios, dentro de casa porque nos preocupan los contagios y cumplimos las reglas», asegura. Fany da las gracias por tener un par de tiendas que abastecen al pueblo. «Tienen de todo prácticamente, vienen todos los días a traer el pan y nos apañamos», comenta la vecina. Con carteles y anuncios les ayudan a difundir información útil para el confinamiento. El médico les atiende por teléfono y sólo en caso necesario bajan al Centro de Salud.

Puebla de San Miguel, 62 habitantes

Miguel y Mila, vecinos

«Al menos tenemos galería para salir al aire libre»

Puebla de San Miguel es un municipio del Rincón de Ademuz, uno de los más afectados por la despoblación, con apenas 60 habitantes. No tienen ni tiendas. El pan lo suben todos los días y para hacer la compra hacen un trayecto de media hora. Miguel y su esposa Mila han tenido que adaptarse. «El vendedor de fruta nos llama por teléfono y nos lo prepara». El tiempo lo pasan con horas de televisión y parchís. «Al menos tenemos una galería y para salir al aire libre y respirar».

Montanejos, 572 habitantes

Miguel Salinas, Alcalde

«Cerramos hoteles y el balneario antes de que lo ordenaran»

Miguel llegó a un acuerdo con los empresarios mucho antes la decisión del Gobierno. «Cerramos hoteles y el balneario antes de que lo ordenaran porque este pueblo es un centro turístico importante y no queríamos que se generase un problema más grande», explica. El alcalde fue previsor en muchos sentidos. Intuía lo que estaba por llegar. «Aquí hay mucha segunda residencia y no queríamos que se llenara de gente por tanto intentamos que razonablemente no vengan y por ahora lo estamos consiguiendo», dice Miguel que han ido adoptando otras medidas en el pueblo de no llega a 600 vecinos. Tienen dos tiendas que mantienen el servicio pero además han habilitado un servicio para acercarle la compra a quien lo necesite. Desinfectan las calles y también distraen al personal con música los sábados y felicitan los cumpleaños.

Tuéjar, 1.116 habitantes

Alejandro Bermejo, Vecino y empresario

«En fin de semana la población aumenta»

En Tuéjar la población crece según la temporada, «en fin de semana y en vacaciones aumenta, pero han sido bastante responsables», comenta Alegrando, que tiene una empresa de madera y muebles. Se muestra preocupado por la salud de las personas pero también por la economía. «El Ayuntamiento ha informado desde el primer momento, además de sus muestras de ánimo diarias. Su labor de desinfección así como su ayuda es fundamental».

La Yesa, 229 habitantes

Esperanza Varea, Agente de Desarrollo Local

«Es un poco triste pero es lo que toca»

La Yesa es otro de los municipios afectados por la despoblación. Con 240 habitantes censados, apenas reside un centenar de personas. Y la mayor parte, hasta casi el 70%, son jubilados. Esperanza trabaja en el Ayuntamiento y cree que la gente está cada vez más concienciada. «Hace unos días aún veías a gente hablando en la calle. Ahora cada uno va a lo suyo. Es un poco triste pero es lo que hay que hacer», recalca. Allí por suerte aún no hay contagios.

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