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Una geopolítica distinta

Una de las cosas que compartimos la gran mayoría de personas en esta crisis es el deseo de volver a la normalidad, a la vida cotidiana como era. En el terreno internacional, sin embargo, el impacto del coronavirus cambiará los equilibrios de poder entre China, Estados Unidos y Europa. Además, acelera algunas tendencias como el resurgimiento de los nacionalismos y la consiguiente desglobalización, es decir, el debilitamiento de las instituciones multilaterales y las reglas que aún garantizan la libertad económica y la seguridad común. China, donde se ha originado el virus, se vuelca estos días en asistir a los países que más lo sufren y en proyectar una imagen de eficacia en la contención de la pandemia. Es en una auténtica campaña de atracción o de ‘poder blando’. Forma parte de su ascenso pacífico a través de medios económicos, así como en el ámbito de la tecnología digital y la inteligencia artificial. El modelo chino reivindica el capitalismo de estado y un fuerte control político de los ciudadanos, una opción autoritaria con la que en tiempos de excepción muchos simpatizan.

Estados Unidos es hoy el país con más personas infectadas, después de que su presidente haya negado la peligrosidad del virus durante unas semanas preciosas. Nadie sabe si su sistema sanitario, no inspirado en el principio de igualdad frente a la enfermedad, será capaz de contener los estragos de la pandemia. El gobierno ha movilizado recursos financieros ingentes y Donald Trump ha mutado para proponerse como un líder en tiempos de guerra, capaz de unir a todos. Lo hace acusando a la Unión Europea o a China de la crisis y desconfiando de cualquier opción de futuro que no sea un mayor repliegue sobre sus fronteras.

La Unión Europea, por su parte, no acaba de poner todos los medios para atajar la triple crisis sanitaria, financiera y económica y se niega a dar el paso fundamental de mutualizar la deuda nacional a través de un instrumento común. Ha adoptado algunas medidas acertadas, como las decisiones de emergencia del BCE o las de la Comisión para facilitar las tareas urgentes de los gobiernos nacionales. Sin embargo, si la crisis se prolonga las consecuencias políticas pueden ser muy negativas en todos los Estados miembros, con desempleo masivo y opciones populistas y nacionalistas al alza. La UE es más necesaria que nunca, dentro y fuera de sus fronteras, porque representa el espíritu de solidaridad y de apertura que ha hecho prosperar el mundo desde 1945. Nada está asegurado: dependerá como siempre del liderazgo personal de nuestros dirigentes y de los valores que lo inspiren.

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