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Un virus con munición

Buscar munición puede resultar abrumador. Por eso, hemos organizado nuestro inventario en categorías como marcas de rifles, escopetas, fusiles semiautomáticos o cartuchos para facilitar sus pedidos». Ammo. com, una armería minorista de venta online con sede en los Estados Unidos, trata así de estimular la carrera armamentística emprendida estos días allí por muchos de sus ciudadanos tras el desembarco del coronavirus. Y la cosa va como un tiro. El pasado 10 de marzo, cuando las autoridades sanitarias federales confirmaron el primer millar de casos positivos dentro de sus fronteras, ese mismo comercio concluyó la jornada con un incremento de sus ventas sin precedentes del 276%. En el cómputo mensual, el rearme del país contra la pandemia le ha reportado ya un crecimiento del 68%.

En circunstancias normales, 109 estadounidenses mueren cada día a balazos. La violencia armada es la segunda causa de mortalidad de sus niños y la primera de los hombres negros de entre 15 y 34 años. No hay otro país en el planeta con las tasas absolutas y per cápita de posesión de escopetas, rifles, revólveres y pistolas más disparadas. Gracias al Covid-19 puede serlo ya en toda la galaxia. En estos tiempos de inquietud, miedo y confinamiento obligatorio provocados por los estragos que ese agente infeccioso está ocasionando, Jasmeet Sidhu, experta en violencia armada de Amnistía Internacional en Washington D. C., augura un repunte de los ciudadanos que morirán a plomo y, acaso, sin rastro del virus en sus cuerpos.

«El aumento de la venta de armas, sin una regulación adecuada sobre el acceso, posesión y uso como ocurre aquí, solo exacerbará la crisis de derechos humanos y también la de salud pública, porque va a repercutir directamente en los hospitales.

1. El colectivo de cazadores es el que más armas acumula, si bien los españoles autorizados para tener escopetas y rifles han pasado de 1,71 a 1,34 millones en cuatro años a causa principalmente de la crisis económica. | 2. y 3. Estadounidenses hacen largas colas estos días frente a las armerías para adquirir su primera pistola o escopeta, o reforzar su arsenal frente al coronavirus. / Rafa Gutiérrez | E. Laurent | A. Al-Marjani

Al otro lado del Atlántico, en Madrid, el sociólogo experto en movimientos sociales y profesor titular de la Universidad a distancia (UNED) Ramón Adell valora la reacción estadounidense a la pandemia como «la más primitiva». «Ocurre cuando el individuo se siente amenazado, piensa que el Estado no le va a proteger y confía poco en su propia sociedad. Eso es precisamente la postmodernidad, viva el individualismo», ironiza. «En España, por suerte, tenemos una sociedad bastante más vertebrada, concienciada y solidaria. Las armas de fuego como sistema de autodefensa no nos caben en la cabeza. La gente aquí no quiere pistolas, quiere un test del coronavirus y que le inventen cuanto antes una vacuna», ataja el reconocido experto.

Sin embargo, las tenemos. En España hay cerca de 3 millones de armas de fuego, sin contar las reglamentarias de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Esa cantidad equivale a 7,5 por cada 100 habitantes, un índice que nos coloca a años luz de las 120 de los Estados Unidos, bastante por debajo de la media europea, situada en 15, y a una distancia notable de otros socios comunitarios, como Francia o Alemania, donde el ratio escala hasta los 19.

Licencias y salud mental

Pese a los estragos que la crisis económica ha ocasionado entre los aficionados a la actividad cinegética menor –la mayor está al alza– y también a la deportiva, los cazadores lideran el colectivo civil armado en España. En la actualidad se distribuyen alrededor de 1,34 millones de licencias. Le siguen de lejos los tiradores olímpicos, con apenas 51.000, y los particulares que por motivos personales o profesionales poseen pistolas o revólveres para su defensa personal. Son unos 8.500 y entre ellos se encuentran joyeros, miembros de la judicatura, armeros, políticos, periodistas o viajantes. A diferencia de lo que sucede en el país que lidera el republicano Donald Trump, todos ellos han tenido que superar previamente un examen técnico, práctico y psicotécnico para obtener esas licencias, y las armas de las que disponen están pulcramente registradas y autorizadas.

Pese a la comparativa internacional, que parece dejarnos en un buen lugar, y al celoso control que la Guardia Civil ejerce sobre la tenencia y el uso de este arsenal a través de la Intervención Central de Armas y Explosivos (ICAE), el doctor en Psicología de la Universidad de Valencia Francisco Tortosa cree que los datos relativos a la violencia armada en nuestro país «no son buenos». «Un 8% de los suicidios que se registran son por arma de fuego. Unas 300 personas mueren cada año a tiros, entre accidentes, homicidios y suicidios. Esos son más de 9.500 ciudadanos en las últimas tres décadas. Me parecen más que suficientes para ser tomados en consideración, actualizar una normativa reguladora que ya tiene veinte años e implantar protocolos de exploraciones de salud mental más profundos para los distintos perfiles de solicitantes de un permiso o de renovadores del mismo», sostiene no sin recordar la última directiva europea a este respecto, de 2017. «Va en la dirección de extremar el control administrativo sobre las armas de fuego, siguiendo la recomendación de la OMS, que considera una de las medidas más importantes para prevenir la violencia armada».

Para Tortosa, 3 millones de armas no son pocas. Menos en un país en estado de alarma en donde el virus se propaga casi tan rápidamente como el miedo a un escenario incierto e intimidante. «Está demostrado que la limitación de movimientos incrementa la agresividad y, si existe una exposición a objetos que puedan potenciarla, el riesgo se incrementa. De hecho, está establecido que las posibilidades de utilizarlas indebidamente aumentan solo por el hecho de que estén cerca». El psicólogo evoca el ‘efecto arma’, al que dio nombre precisamente un especialista estadounidense, Leonard Berkowitz, y que sostienen que los objetos que se asocian a la agresión estimulan conductas agresivas con mayor facilidad.

Pese al turbador trío que conforman reclusión, desasosiego y armas, el experto descarta que el mercado negro de venta de armas vaya a acusar una mayor demanda, ni tampoco que se avecine una escala de episodios domésticos truculentos. «El uso de armas no está tan marcado en nuestra cultura, en buena medida, porque vivimos en uno de los países más seguros del mundo». Tortosa hace una excepción: las mujeres que viven con sus agresores. «La limitación de movimientos les pone en una situación de alto riesgo de sufrir violencia física, sexual y psicológica», alerta. «La campaña emprendida en este sentido por la Administración es fundamental. Las fuerzas de seguridad tienen que estar muy atentas y vigilantes a este respecto».

Odio, irascibilidad y zombies

En su enclaustramiento en Barcelona, el politólogo Javier Aguiar reflexiona sobre la caída en picado estas semanas de la criminalidad, al tiempo que afloran la irascibilidad y las tensiones vecinales. El odio a la comunidad china que se extiende por los Estados Unidos, atizado con ahínco por su propio presidente, se vuelca en España con los transeúntes que rompen el confinamiento. «Me asusta ver la vehemencia con la que algunos gritan a un corredor o a alguien que parece haberse saltado las reglas que nos han impuesto».

En el Instituto Catalán Internacional para la Paz (ICIP), donde trabaja como investigador, estudian la promoción del diálogo en las sociedades polarizadas. Resulta que últimamente basta con asomarse al balcón, además de a las redes sociales, para comprobar «cómo el que piensa diferente no es un rival, sino un enemigo a batir porque yo tengo el bien moral». «Vivimos en una sociedad que responde a impulsos rápidos y poco reflexionados, y que acepta soluciones simplistas para cosas complicadas. Es una dinámica global, muy ligada a los movimientos populistas, que trivializa la política. Para hacerle frente se requiere de una consciencia democrática más profunda de la que tenemos».

Aguiar avisa de que, a menudo polarización y violencia, ya sea verbal o física, transitan por el mismo camino, uno que se estrecha cuando la vida se circunscribe a un puñado de metros cuadrados donde parece que no corre el aire. Y aunque «de momento, no hay despolarizador», bromea, enarbola un antídoto de bolsillo: la duda. «Tenemos que dudar de nuestras certezas, intentar contrastar al máximo las opiniones, mantener los hilos con la gente que piensa diferente a nosotros y recurrir a medios de comunicación diferentes. Tendemos a alimentarnos de todo lo que refuerzan lo que pensamos y eso no es bueno».

Le pedimos al sociólogo que intenta abrirse paso mentalmente entre las sombras y los interrogantes hacia el futuro. «A veces, las crisis que desgarran sociedades acaban en desórdenes, en movimientos revolucionarios o en violencia ‘zombie’. En una situación de degradación, la gente más vulnerable es la que acaba mutando». Ramón Adell lo explica y lo rechaza al mismo tiempo, porque «sería desastroso», pero pronostica que cada país, según resuelva esta situación, según la haya gestionado y según sea el daño causado, se enfrentará a un periodo de cinco o diez años de sacudidas de movimientos sociales. Feministas, ecologistas, sindicalistas, ahora por fuerza aletargados, emergerán tras esta crisis con inquietudes distintas, más concienciados y quizá más beligerantes».

El arsenal en números

1,37
Millones de particulares en España disponen de licencia para poseer y manipular alguna de las casi 3 millones de pistolas, escopetas y fusiles que hay en manos de la población civil, según datos facilitados por la Guardia Civil en agosto de 2019.
Drástica caídaen cuatro años
El número de licencias ha descendido casi un 23% en los últimos años a causa, en gran medida, de la reducción de la actividad cinegética menor. Así, de 1,71 millones de permisos de caza se ha pasado a 1,34. El segundo grupo con permiso de armas más numeroso, el de los aficionados al tiro deportivo, también ha menguado. En su caso, un 9%. En la actualidad no llegan a 51.000 personas.
8.500 armas para defensa propia
A diferencia de los otros dos grupos, el tercer colectivo civil armado experimenta una ligera alza. Es el de los ciudadanos que por motivos profesionales o personales tiene permiso para portar y usar pistolas o revólveres de autodefensa.
Por debajo de la media europea
El índice de tenencia de armas en España es de 7,5 por cada 100 habitantes, muy por debajo de la media de la UE, que se sitúa en 15, a gran distancias de Francia o Alemania, donde escalan hasta 19, y a años luz de los Estados Unidos, con 120.

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