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Día Mundial de Internet: La brecha digital en tiempos de la Covid-19 (y más allá)

El Día Mundial de Internet (o Día Mundial de las Telecomunicaciones y la Sociedad de la Información) es un buen momento para reflexionar sobre la importancia de la red de redes en nuestro día a día. Y más este año. Ante las difíciles circunstancias que vivimos, hemos aprendido de verdad las implicaciones de tener o no tener un buen servicio de comunicaciones.

La pandemia generada por la COVID-19 nos ha hecho valorar muy positivamente el impacto que tienen los sistemas y servicios de telecomunicaciones. Nos permiten, entre otras cosas, el trabajo a distancia o la educación online.

Sin el buen funcionamiento de estos sistemas hubiera sido imposible poder seguir con nuestras obligaciones y nuestra contribución a la sociedad: la enseñanza de los docentes, el aprendizaje de los estudiantes y el trabajo desde casa de gran parte del sector productivo.

Hasta ahora, para muchos, y en particular para los más jóvenes, internet era fundamentalmente una herramienta para su ocio o para las relaciones personales. Sin embargo, se ha convertido en un servicio indispensable para poder seguir con una vida lo más parecida a la hasta hace poco habitual.

Internet, ¿al alcance de todos?

Hasta aquí los aspectos positivos. Pero estas tecnologías no están llegando por igual y con la misma calidad a todos: nos estamos dejando a muchas personas atrás. Esta reflexión es hoy más pertinente que nunca. Hoy somos testigos de:

– Cómo los jóvenes de familias de bajos ingresos pueden verse expulsados de un sistema educativo en clave digital.

– Cómo algunas personas mayores no están capacitadas para aprovechar las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) para poder sentirse más cerca de sus seres queridos y poder aliviar la sensación de soledad.

– Cómo las zonas geográficas no conectadas, o con conexiones de baja calidad, se encuentran más aisladas.

La UNESCO alertó ya de este gran problema a nivel global al comienzo de la crisis sanitaria.

Y si lo anterior ha ocurrido en España, imagínense lo que está sucediendo en otros países donde, ya sea por falta de infraestructuras, por falta de ingresos para poder acceder a estos servicios o por falta de capacitación digital (los tres componentes de la brecha digital), solo una minoría está conectada.

La Unión Internacional de Telecomunicaciones nos resume todos los años los avances y los déficits en el uso y acceso a las TIC. En el último informe, con los datos del 2019, dice que más del 75 % de las personas no tienen acceso a internet en muchos países de África central (como Níger, Chad, Sudán, Etiopía, Uganda, Congo, Mozambique, Mali, Mauritania y muchos más), pero tampoco en Afganistán, Nicaragua, Haití y Nueva Guinea.

Esto implica que el desarrollo social y económico se ve limitado por no poder estar en las mismas condiciones que la minoría que sí puede aprovechar estas tecnologías. Y si profundizamos un poco, vemos que no es solo por la falta de red, sino por las altas tarifas en relación a los ingresos medios per cápita, por la falta de alfabetización digital o, incluso habiendo conexiones, la falta de calidad o la velocidad insuficiente de la misma.

El virus de la digitalización

Pensando en el futuro, la actual crisis sanitaria está suponiendo una aceleración notable del proceso de digitalización de muchos sectores en aquellos países que tienen la infraestructura y los medios.

Muy pronto, llegará a nuestras vidas el 5G, la quinta generación de telefonía móvil. Y traerá consigo la internet de las cosas.

Todavía no sabemos qué va a significar esta tecnología para las personas. Se habla de su papel en el alcance de grandes retos como los vehículos sin conductor, la monitorización continua de variables de personas, cosas, ciudades u operaciones quirúrgicas a distancia.

La mejora de los procesos de digitalización y de la conectividad de banda ancha impactará en el día a día de todos los usuarios brindándonos la oportunidad de tener nuestro entorno conectado, y no solo las personas.

Esta conectividad global nos abre la posibilidad de un sinfín de nuevos servicios. También supondrá una multiplicación de los riesgos que tendrán que ser mitigados, no solo mediante sistemas de ciberseguridad avanzados, sino también con el desarrollo de unos valores éticos en el mundo digital.

Lo que está claro es que la brecha entre los que tienen la disponibilidad de estos nuevos servicios y los que no se está agrandando. Y no sabemos qué derechos básicos, como ahora el derecho a la educación, se están viendo ya afectados en el día a día de estas sociedades o pueden verse afectados de manera más aguda ante otro momento de crisis.

La cuestión es ¿cómo prepararnos? La clave está en las políticas para no dejar a nadie atrás.

Conforme va mejorando la tecnología, servicios que consideramos de lujo van convirtiéndose en servicios esenciales o en poderosas herramientas para poder satisfacer determinados servicios básicos.

En un sector tan ágil y rápido como el de las telecomunicaciones, necesitamos ir acompasando las políticas de servicio y de acceso universal para poder garantizar que la cobertura de estos los servicios llegue a todos.

En el Día Mundial de Internet, pensemos en cómo mejorar el futuro, reflexionando sobre cómo estamos afrontando esta crisis del COVID-19.

Artículo publicado en ‘The Conversation‘.

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