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Músicas verbales

La mayoría son en valenciano. Otras, en castellano. Tal vez algunas otras lo son en catalán. En todo caso, yo no soy filólogo, no entiendo de eso. Aunque sé, claro, que el valenciano de Vinarós se parece mucho al catalán de Tortosa, con la que comparte larga historia religiosa y civil. Las músicas en valenciano van cambiando a medida que descendemos en el mapa. No suena igual el valenciano de l’Alcalatén, la rural comarca castellonense, que el valenciano de las Marinas. Y qué decir del puro y bello valenciano de l’Alcoiá. Tampoco suena lo mismo el de Elche que el de la Safor. El valenciano es un mundo. Tan mundo que hasta contiene al catalán, cabría decir, respetuosamente. En cuanto a nuestro castellano, lo hay de muchas características. Por ejemplo, el de la Vega Baja, cuyo acento está ennoblecido porque fue el que utilizó el gran poeta Miguel Hernández. Cuando nos imaginemos a Miguel recitando sus versos, que tanto admiramos, tenemos que hacerlo con su casi murciano. Y no por ello menos valenciano. «Tristes guerras / si no es amor la empresa / Tristes, tristes».

En definitiva, los idiomas valencianos están unidos, mezclados, hermanados, fecundamente indivisibles en muchos de sus caminos. De sus siglos. El castellano sólido de Requena, el castellano de aura aragonesa de Segorbe son tan valencianos como el hablar de la Ribera o el de Xátiva. Y todo nos atañe y nada nos excluye. Aunque todavía de cuando en cuando, desde las más necias tribunas políticas o universitarias unos tipos resecos e incansables lancen sus consabidas provocaciones enemigas de la concordia. Pero en esta tierra, por mucho que lo han intentado o lo intenten, ya no prosperan los pleitos de idioma. Hay una sabiduría profunda en el pueblo. En ese pueblo que es el dueño de la lengua, y no sus sanedrines resentidos.

Por eso resulta tan ridículo escuchar al casi siempre ridículo Quim Torra, personaje de opereta fanática, hablar ahora de sentencias judiciales que son «burlas monstruosas e ignominiosas» a las lenguas hermanas que configuran al valenciano y al catalán. Lo que es ignominioso es marginar y perseguir hasta el delirio -sin lograr los objetivos, obviamente, y cada vez menos- el idioma castellano en Cataluña, empeño no del todo mal visto en ciertas áreas del poder valenciano. Da lo mismo. Catalanes y valencianos van a seguir hablando lo que quieran, esa libertad no se la van a robar nunca, y ojalá cada vez con más normalidad y armonía. No hay que buscar problemas donde no existen. Hay que abrir puertas. Y defenestrar a algunos políticos.

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