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Cómo afecta al crecer el tiempo que los niños pasan con sus padres

La cuarentena decretada el pasado mes de marzo por la pandemia de Covid-19 trajo muchas cosas, pero sobre todas, la presencia constante e intensiva de los niños en la vida de sus padres. Y viceversa. Aun con las exigencias del teletrabajo, y las tensiones de la teleducación, la situación ha llevado a muchos progenitores a redescubrir a sus hijos. Y, a la vez, los niños han podido recrearse en el gustazo de tener a sus padres todo el día cerca. Tras el periodo de excepción, llegó la sorpresa. Muchos niños han valorado mejor el confinamiento gracias a que este implicaba la presencia activa y constante de sus padres.

Así lo ha señalado un estudio realizado por dos psicólogas especializadas en desarrollo infantil de la Universidad Complutense de Madrid y la UNED titulado ‘Seis semanas de confinamiento: Efectos psicológicos’. Tras realizar entrevistas en una muestra de niños de entre 3 y 12 años, una de las conclusiones más llamativas que obtuvieron fue que la cuarentena redujo los síntomas de estrés en casi todos los menores y que solo un escaso 9% de los encuestados decía echar de menos el colegio.

«La ausencia de los padres en la vida cotidiana es uno de los mayores provocadores de la ansiedad en la infancia, y lo que más ayuda a los hijos a tener un desarrollo emocional más adecuado es que estén sus padres cerca», apuntaba al respecto el doctor Diego Marraqués, miembro del Forum de Infancias de Madrid.

Presencia y desarrollo. Resulta que estas dos palabras señaladas por el especialista están íntimamente relacionadas. «Es importante tener claro que el acompañamiento de los padres es de vital importancia y su presencia es insustituible y muy necesaria para el correcto desarrollo físico y emocional», coincide la psicóloga experta en infancia, Piedad González Hurtado, miembro del equipo del centro Euden. Y de la presencia nace el apego.

Este se traduce como el vínculo que se genera entre el niño y su cuidador principal. Se crea desde el nacimiento y pone sus cimientos en los tres primeros años de vida. El problema es que esta relación puede aportar seguridad al niño o verse alterada y dar lugar a problemas en el futuro. Aun cuando los padres crean que están haciendo lo mejor.

«Con la base de un apego seguro, el niño se convertirá en un adulto enérgico, con capacidad de sentir placer, capacidad de concentración, bajo nivel de tristeza y más tolerancia al estrés»

«Con la base de un apego seguro, el niño se convertirá en un adulto enérgico, con capacidad de sentir placer, capacidad de concentración, bajo nivel de tristeza y más tolerancia al estrés» Piedad gonzález hurtado | euden

Los investigadores Daniel J. Siegel y Tina Payne han publicado recientemente sus estudios sobre cómo las figuras de apego (generalmente los padres) y su comportamiento con respecto al bebé influyen en cómo este enfrentará su vida de adulto. En su trabajo ‘El poder de la presencia’, defienden que el cerebro de los niños «se desarrolla de forma más saludable» y «es más probable que acaben siendo resilientes, afectuosos y fuertes cuando perciban la presencia de sus padres». Presencia entendida como conocimiento e implicación real en la vida de los hijos. No presencia física, pero ausentes en realidad.

Este vínculo, el apego, se forma cuando los padres atienden las necesidades de sus hijos y los reconfortan. Por ejemplo, al cogerlos cuando lloran o abrazarlos y tranquilizalos cuando están alterados. «Reducen sus niveles de estrés y les permiten desarrollar la seguridad en sí mismos y, en último extremo, la independencia. Aprenden a gestionar sus propios sentimientos y conductas, lo que les permite madurar», apunta Siegel.

Estos científicos norteamericanos han estudiado el comportamiento de las distintas zonas del cerebro en función del trato que el niño recibe en sus primeros años de vida. Dividen en categorías el tipo de reacción que los padres tienen ante las demandas de sus hijos y delimitan qué efectos tendrán en la personalidad futura, marcada en parte por cómo el cerebro ha aprendido a reaccionar ante ciertos estímulos.

Cuando la relación aporta seguridad al niño porque muestra «sintonía con sus deseos» y se dedica a satisfacer sus necesidades, tanto las físicas (tengo hambre) como las emocionales (lloro porque estoy triste), el mensaje que recibirá el niño, y que calará en su vida para siempre, será «que puede confiar en el futuro en otras personas y que su experiencia personal, él mismo, merece respeto».

«El maltrato emocional o físico impide la integración neuronal del cerebro infantil y provoca problemas en el futuro de regulación de emociones, comunicación social y control de la violencia»

«El maltrato emocional o físico impide la integración neuronal del cerebro infantil y provoca problemas en el futuro de regulación de emociones, comunicación social y control de la violencia» Daniel j. siegel | psiquiatra y neurólogo (UCLA)

Parece obvio. Pero en la práctica cotidiana no lo es tanto. Tal y como señalan los expertos en su libro, sorprendería la cantidad de adultos con problemas debido a un apego no seguro. Por ejemplo, aquellos que han sufrido la indiferencia de sus padres a sus necesidades o sencillamente por falta de sintonía o presencia activa, tienen más posibilidades de convertirse en adultos «con problemas para establecer relaciones sanas, suelen experimentar soledad y dificultad para entender las emociones propias y valorar las ajenas». Y aquellos cuyos padres se han mostrado inseguros y preocupados en exceso con sus hijos, sin un criterio único y seguro de actuación, suelen ser adultos presos de la ansiedad, siempre alerta porque han aprendido que nunca se sabe cómo va a reaccionar el otro.

Capítulo aparte merece lo que denominan el ‘apego desorganizado’. En él, el cuidador se convierte en el motivo del miedo y la inseguridad del niño, ya sea por maltrato físico, ira verbal, amenaza o castigos como método educativo o, simplemente, por mostrar un lenguaje corporal agresivo. «Se ha demostrado mediante escáneres que esto pone en peligro zonas del cerebro que permiten la integración neuronal, y eso puede explicar problemas futuros de regulación de las emociones, comunicación social deficiente, escaso razonamiento académico, tendencia a la violencia y otros conflictos como las adicciones», enumeran los investigadores.

«La dinámica del apego seguro consiste en tener capacidad para regular las propias emociones (frenar la ira al final de un día difícil, por ejemplo) y también saber regular la del niño», recuerda Piedad González.

Y los objetivos a lograr con una actitud «empática, cuidadosa y consistente» son los de que los niños se sientan seguros (no sobreprotegidos), vistos (que sean tenidos en cuenta sus puntos de vista y sentimientos), consolados (los padres deben ser este pilar que los comprenda) y, en definitiva, a salvo.

«Con este tipo de base se convertirá en un adulto enérgico, con capacidad de sentir placer, capacidad de concentración, bajo nivel de tristeza y más tolerancia al estrés», apunta la psicóloga. Herramientas valiosas para tener más probabilidad de éxito en la vida.

IDEAS A PONER EN PRÁCTICA

Apenda a escucharles
Pararse a escuchar a los hijos equivale a lanzarles el potente mensaje de: «tus padres están ahí para escucharte y ayudarte en lo que necesites». Pruebe a buscar momentos de calma en el día (la cena, la hora del cuento) para invitarles a hablar.
Aplique la democracia en casa
El niño ha de sentirse aceptado y amado, pero también comprende la necesidad de las reglas de conducta que sus padres consideran oportunas. Las normas dan seguridad.
Exprese lo que siente
Cuando hay un conflicto, en casa o fuera, hay que aprender a hablar de nuestras emociones. Para ello debemos atender a cómo se ha sentido el niño, ayudándole a analizar lo ocurrido y hablar de las emociones suyas y las propias.
Preste atención plena
Televisores, móviles, ordenadores, tabletas restan interacciones entre los miembros de la familia. Los niños que reciben atención plena de sus padres cuando lo necesitan y el cariño incondicional crecen sintiéndose valiosos.
Evite avergonzarle
Si su hijo teme montar en bici no caiga en la tentación de recordarle que a su edad todos sus amigos lo hacen porque no pasa nada. Es su labor detectar las aptitudes que necesita trabajar para mejorar y enseñarle a afrontar retos.
Comparta momentos de ocio juntos
A los pequeños no les faltan entretenimientos con los amigos, pero también es saludable para ellos tener tiempo de ocio con sus padres. De nada sirve pasar el día con nuestros hijos si al final no hay espacios comunes de juego y comunicación.
Sea coherente
La coherencia en la forma de actuar de los padres los hace seres predecibles y, por lo tanto, aporta seguridad y serenidad en los hijos. Si cree que hay que irse a la cama temprano, debe ser firme todos los días. Y ser ejemplo a la vez.
Repare, repare, repare
La ira vencerá al autocontrol en más de una ocasión y puede que se sorprenda diciendo cosas horribles. Pero está a tiempo de reparar el daño. Hay que aprender a reconocer el error delante de los hijos, verbalizarlo y pedir perdón. Es la única forma de reparar las fisuras del vínculo. Funciona.
No ignore sus rabietas
Ignorar o tapar la rabia que manifiesta un niño encolerizado porque no le dejamos hacer algo, como por ejemplo algo peligroso para él, solo la incrementará. La vía es validar lo que siente (sí, entiendo que te enfades) y aportar una explicación.
Dé valor a sus emociones
No niegue la forma de sentir de su hijo (‘deja de quejarte’, ‘no llores’, ‘no pasa nada’, ‘no tengas miedo’) e intente empatizar. Solo así ellos se aceptarán y se sentirán libres para compartir sus sentimientos y pedir ayuda cuando la necesiten.

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