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Una isla de plástico

Cierto fantasma recorre los mercados de Senegal. Como si se tratara de un hechicero envuelto con vestimentas ceremoniales, Moudu Fall irrumpe entre la multitud con su mensaje contemporáneo. Los ropajes que lo cubren están elaborados con vertidos de plástico y el ingenioso ecologista alecciona al asombrado público sobre las perniciosas consecuencias de utilizar una bolsa fabricada con este material para portar las cebollas adquiridas, portar otra con los tomates y destinar una tercera destinada al puñado de mangos. El brujo de los tiempos modernos pretende concienciar sobre el grave problema de polución generado por la difusión de toneladas de residuos. África y Asia son los continentes más afectados por este problema, tal y como revela el biólogo Álvaro de Luna en ‘La era de plástico’ (Almuzara).

El avance proporcionado por este compuesto moldeable, elástico y barato, aislante térmico y eléctrico, constituye un hito de nuestro desarrollo, pero el autor reconoce que «no sabría decir en qué momento exacto se nos fue de las manos». La antigua colonia francesa perdió su control hace tiempo y se ha convertido en uno de los más perjudicados en el mundo. Este país, de tan solo 17 millones de habitantes, emite anualmente más de 255.000 toneladas de desperdicios que contaminan el interior de las ciudades y crean un cinturón en torno a las franjas costeras, inundan los campos e, incluso, envuelven con filamentos de mil colores a los baobabs, el árbol característico de su sabana.

El problema no está sobre el papel. Treinta y cuatro países africanos han aprobado normas que prohíben la producción de estos envoltorios, pero la ley se incumple con frecuencia. Hace cinco años, Senegal aprobó una norma que los regulaba y prohibía la fabricación de plásticos con grosor inferior a 60 micras, pero no llegó a tener consecuencias prácticas. Ante una situación tan acuciante, el pasado mes de enero su Parlamento introdujo otra medida que sanciona con dureza la venta de los envases de un solo uso.

Las cifras

500 mil
millones de botellas de plástico es lo que se producen en el mundo. China fabrica el 30% de ellas.
126
toneladas de plástico es la cantidad que nuestro país vierte diariamente al Mediterráneo.

La concienciación también empieza a surtir efecto. Las campañas #Sin contaminación por plásticos y #Mares Limpios, impulsadas por ONU Medio Ambiente, han conciliado posturas en todo el continente para frenar su incidencia en ecosistemas terrestres y, sobre todo, marinos. A los vertidos petrolíferos se suma la incesante acumulación de esta basura de origen industrial. El año pasado, la ciudad de Durban, poseedora del puerto con mayor tráfico de África, sufrió graves inundaciones y todo su litoral quedó aislado del océano por una capa continua de desechos formada por botellas y otros envases.

La alarma medioambiental ha incentivado la creatividad. UNICEF ha impulsado en Camerún y Benin fábricas de ladrillos elaborados con restos plásticos que resultan un 40% más baratos que los generados con arcilla y son resistentes al fuego, y también se multiplican iniciativas para proporcionar colchones, camas y otros muebles a partir de los residuos. El reciclaje es uno de los mayores retos para combatir este flujo incesante. Nigeria, el Estado más rico del continente, se ha comprometido a levantar 26 plantas para tratar el plástico, pero la mayoría de los Estados subsaharianos, situadas entre las más pobres del planeta, carecen de recursos para proveerse de estas infraestructuras.

El coronavirus también ha incidido en esta operación antiplástico. El gobierno de Dakar ha levantado la prohibición sobre las bolsas de agua mineral, muy comunes en la capital, hasta que remita su incidencia. Pero, ya antes de la pandemia, la estrategia contra la contaminación ha de asumir otros obstáculos, sobre todo en la región del Sahel. La inestabilidad política, agravada por la proliferación de milicias yihadistas, ha provocado el desplazamiento de 3 millones de personas, lo que propicia nuevos focos de contaminación, y complica cualquier operación a gran escala.

«Europa exporta plásticos de mala calidad que no pueden tratarse y acaban generando gigantescos vertederos» julio barea | portavoz greenpeace

El hombre es culpable e inesperada víctima de este proceso. La contaminación por plásticos llega a la cadena trófica y alcanza al individuo, el consumidor final. El ganado keniano se alimenta en los arcenes de las carreteras, colmados de basuras. Ante la magnitud del peligro, el gobierno de Nairobi ha prohibido la fabricación y distribución de envases de un solo uso, con sanciones que alcanzan los 35.000 euros. Los europeos no somos inocentes. «El problema hay que abordarlo también al principio de la tubería», apunta Julio Barea, portavoz de Greenpeace, y denuncia que los países occidentales exportan residuos de estos materiales a África y Asia, a menudo camuflándolos bajo la etiqueta de productos de segunda mano e, incluso, destinándolos a una supuesta cooperación al desarrollo.

Algunos casos son especialmente peligrosos, como el envío de restos tecnológicos, con abundante porcentaje de plástico, a Ghana, o el hundimiento de residuos radioactivos frente a las costas de Somalia, operación encubierta atribuida a la mafia calabresa.

La polución africana puede comenzar en nuestro cubo amarillo. «Ha tocado techo y ya no funciona», afirma el responsable en las áreas de consumo y biodiversidad. El resultado es que la gestión de los desechos no resulta tan efectiva como creemos y existen tráficos ilícitos de difícil control. «Europa exporta plásticos de mala calidad que no pueden tratarse y acaban generando gigantescos vertederos», explica. A su juicio, la única solución es que se apliquen otras reglas en el comercio, con envases retornables o elaborados con otros materiales. «No vale con decir que los individuos somos sucios y debemos cambiar hábitos», aduce. «Los fabricantes son responsables y hay que decirlo».

Microplásticos en la sal de mesa

El mundo tiene un problema de pequeñas dimensiones y trascendencia enorme. Los microplásticos son piezas con un diámetro inferior a los 5 milímetros, empeñadas en colonizar tanto la superficie como el interior de la tierra, alcanzar las cimas de las montañas y descender hasta las profundidades abisales. Álvaro Luna, doctor en Biología y coordinador de proyectos conservacionistas, advierte que ese tamaño favorece su extraordinaria movilidad. «A menudo, las depuradoras no los interceptan», lamenta y asegura que pueden retornar introducidos en la sal de mesa, la miel o la cerveza, tal y como se ha comprobado en los laboratorios. Además, uno de cada seis peces puede portarlo, según estudios del Instituto Español de Oceanografía.Estos residuos diminutos se originan de la disgregación de productos mayores, caso de los textiles sintéticos, dando lugar a los microplásticos secundarios, mientras que los primarios son fabricados específicamente para nutrir industrias diversas, principalmente del ámbito de la cosmética. En cosméticosLas cremas exfoliantes, la pasta dentífrica y algunos geles contienen estos productos. Su presencia en los lodos finales generados por las plantas de tratamiento de aguas residuales constituye otro tipo de problema también grave, ya que inutiliza el uso de estos restos como materia orgánica. La prohibición de su elaboración es una demanda obvia que ya ha alcanzado respuesta, siquiera parcial, en Estados Unidos y la Unión Europea. «Pero las medidas deben ser globales, no cabe la buena disposición de un solo país porque el viento y las corrientes marinas los diseminan por todo el planeta», indica Luna, que también trata este asunto en ‘La era del plástico’. «Aunque el porcentaje de los microplásticos es mínimo dentro del conjunto global de este tipo de productos, lo cierto es que afectan a todos los ecosistemas y ni siquiera se conocen aún en profundidad las consecuencias» que tendrá para estos en un futuro próximo.

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