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«El éxito es recoger lo que sembraste, lo que fregaste, pero para compartirlo»

Si su historia no fuera real. Si en sus manos y en su corazón no estuvieran grabados los años fregando suelos y platos, las caritas de sus niños diciéndole adiós a miles y miles de kilómetros del lugar al que mamá se iba a ganar el pan, las noches sin dormir, los esfuerzos para llegar a fin de mes… Sin todo eso, su historia como guion de una película solo tendría un fallo: resultaría poco creíble. María Marte es la mujer dominicana que con una mano delante, otra detrás y todo el coraje del universo entre ambas llegó un día a España con una cosa clara: quería ser cocinera. Lo fue. Lo es. Dirigió el restaurante que limpiaba en Madrid, el Club Allard, se ganó dos estrellas Michelin y, cuando ya lo tenía todo, todo lo dejó y se volvió a su país, a República Dominicana, para ayudar a que otras mujeres no lo tuvieran tan difícil como ella. Hoy combina su fundación con una empresa de eventos y hasta con la construcción.

–A ver si va a ser verdad que es usted de Marte.

–Sin duda alguna, soy de otro planeta, sí. Es verdad que todo el mundo que lucha como yo lo hice y lo consigue después de tantísimo sacrificio sigue ahí y lo disfruta, pero había un vacío en mí. Tenía que hacer algo, y siempre he tenido claro que no hay nada más bonito que dar. Lo dice la palabra de Dios, dar es mejor que recibir.

–Dejó las estrellas en España, volvió a su pueblo, Jarabacoa, y montó su fundación.

–Acababa de ganar un premio que estaba dotado con 50.000 euros y vi que era el momento. El momento de la solidaridad. Era injusto quedarme para mí tantos conocimientos y tanto dinero.

–Y becó a varias alumnas de la escuela de hostelería de su pueblo y las mandó a España. ¿Se estaba viendo en ellas?

–Quería que trajeran su título, que nadie les dijese, como a mí cuando pedí la oportunidad de cocinar, que siguieran fregando.

–Y llegó la covid y mandó a parar.

–Teníamos a varias chicas allá y las tuvimos que traer de vuelta, no podían hacer nada. Y, además, nadie quiere estar lejos de su casa en una situación así.

–Lo sabe usted bien…

–Ay, que si lo sé, yo no me olvido de mis hijos (dos mellizos, chico y chica, que hoy tienen 21 años) diciéndome adiós. Nueve años vivimos separados. Nada ni nadie te puede devolver el tiempo.

–Seguro que están orgullosísimos de su madre.

–Pues de verdad que sí. No me arrepiento de nada, ojo. Luché mucho, sí, pero ahora estoy feliz y mi vida es maravillosa. Yo es que a todo le encuentro lo bueno.

–¿Siempre?

–Cada vez más; fíjese que creo que eso es la madurez, saber encontrar lo bueno a cualquier situación. Y en ese sentido, creo que he madurado bastante.

–¿Qué saca de bueno de esta pandemia?

–Creo que es una gran cura de humildad para todos. Algo tenía que pasar para que aterrizásemos, para que fuéramos conscientes de verdad de que venimos sin nada y sin nada nos vamos a ir.

–¿Y en qué va a cambiar su forma de actuar?

–Pues tengo más claro que nunca que siempre hay que tener un plan B. No se puede tener una única fuente de ingresos, y menos si te dedicas a la hostelería, peor si es a la alta cocina.

–¿Cuál es el suyo?

–Pues verá, la construcción. He construido varias casas y me va bien ahí también.

–Estos meses ha puesto en marcha con otros chefs un proyecto para compartir recetas asequibles para todo el mundo. Dígame un plato bueno, bonito y barato.

–Sin duda, el gazpacho. La mayor parte de mis conocimientos gastronómicos vienen de España, así que puedo decirle que soy una enamorada del gazpacho.

–¿Y su ingrediente fetiche?

–¡El tomate! Yo sin tomate, ajo y orégano no podría vivir.

–¿Cómo encaja la alta cocina, que se acerca más al arte que a otra cosa, en lo que me está contando?

–Somos creativos, pero no hacemos más que reinventar lo que ya existe. La alta cocina da vueltas sobre la de siempre.

–¿Y el éxito? ¿Qué es el éxito?

–No es más que recoger lo que sembraste, lo que fregaste. Pero para compartirlo. Eso es lo bonito. Dios sabe que, si no, no tiene sentido.

–¿Es usted una mujer creyente?

–Mucho, creo mucho en Dios. Tengo claro que fue Él quien me empujó. A mí me vino todo de arriba.

–¿Para quién le gustaría cocinar que no lo haya hecho ya?

–Para Obama, sin duda.

–O sea que a Trump no le sirve ni unos frijoles.

–Pues sí que lo haría. La cocina es un acto de amor. A través de la comida hacemos feliz a la gente, y hasta el ser humano más avinagrado puede cambiar.

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