Culturas

El final

El miedo al final. El miedo a que termine algo que una vez empezó. El miedo a no recuperar la cálida sensación del reencuentro, de las rutinas que se prometían eternas, de las miradas y las voces que se han hecho parte de ti. El miedo a no tener la seguridad plena de que vendrá otro principio por el que merezca la pena transitar. El mismo miedo que te asfixia cuando miras las estrellas, en una noche cerrada, y te preguntas ¿qué habrá más allá? ¿Y más allá? ¿Y más aún? Y entonces algo en tu cabeza hace clic y te achantas sabiéndote poca cosa, aturdido. Con miedo.

Empezar una historia es un acto de fe, como el puente invisible de Indiana Jones. Nos adentramos en las historias como niños enamorados, curiosos, buscando la mirada de la niña morena que juguetea en el parque. Son sentimientos primarios, pasiones que laten en todo ser vivo: el amor, la duda, el valor, la superación, la familia… Nos mezclamos tanto con la historia que la hacemos nuestra. De repente somos mafiosos de Londres o navegantes espaciales o publicistas con estilo. Somos nosotros y somos ellos, los de la pantalla. Y entonces, una noche, termina. Fin. Se acabó. Y empieza el odio.

Somos la generación del odio. Odiamos incluso con una sonrisa en la cara. Generamos odio. Cambiamos el amor y la pasión que sentíamos por una historia, por rencor e inquina. Culpamos al que escribió, al que dirigió, al que interpretó. «Vaya mierda de final», tuiteamos para remover el odio. Y en las historias, como en la vida, el odio nace del miedo al final. No somos dueños del final y el final es el que es. El culpable de la decepción eres tú, que sigues pensando que no hay final. Hay final porque hay un principio y las estrellas, de noche, son hermosas.

Sí, a mí sí me gustó el final de ‘Dark’.

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