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“¿En qué quedamos, 22 equipos? Pues aprobado”

“No tenéis cojones de mandarnos a Segunda B”, le espetó Luis Cuervas, entonces presidente del Sevilla, al secretario general de la Liga, Jesús Samper, el 31 de julio de 1995. La patronal, en una decisión sin precedentes, había decidido descender a Segunda División B por una cuestión administrativa al Sevilla y al Celta. La Liga acusó a los dirigentes de ambas entidades de no presentar en forma y tiempo un aval del presupuesto de la temporada siguiente. Se trataba de una exigencia de La Ley del Deporte de 1990. La Comisión Deportiva y de Finanzas de la Liga revisó la documentación de los 20 equipos de Primera y de Segunda a la finalización del curso 94-95. Al Sevilla le faltaban 85 millones de pesetas (510.000 euros) y 45 (270.000) al Celta para formalizar sus avales. Descendidos a Segunda B el Sevilla y el Celta, el organismo decidió subir a Primera al Albacete y el Valladolid. Leganés y Getafe ascendieron a Segunda División A.

El fútbol español vivió una alteración sin precedentes. Ahora, 25 años después y bajo los efectos de la pandemia del coronavirus en la última jornada de la competición, la Federación Española ha recomendado una Segunda División de 24 equipos con la inclusión de los descendidos Deportivo y Numancia más los cuatro ascendidos (Logroñés, Castellón, Cartagena y Sabadell). La Liga puede volver a ver alterada su estructura desde los despachos.

El 1 de agosto de 1995 hacía un calor tórrido en Sevilla. Mientras los dirigentes del club no sabían cómo afrontar el descenso administrativo, fue la afición sevillista la que tomó las calles de la ciudad. Unos 30.000 aficionados según las cifras oficiales mostraron su repulsa por la decisión adoptada mientras en el hotel de concentración de pretemporada, en Chiclana, Cádiz, los jugadores no salían de su asombro cuando el capitán, Manuel Jiménez, informó de la dramática situación habitación por habitación. Daba comienzo un duro pulso entre el Sevilla y el Celta contra la Liga para que ésta diera marcha atrás.

Luis Cuervas, superado por los acontecimientos, se vio obligado a dimitir por la gestión de la crisis. Era el 5 de agosto. Le relevó en el mando el vicepresidente, José María del Nido, a quien la tormenta le había pillado de vacaciones en París. “La afición estuvo increíble y creo que salvó buena parte de la delicada situación. La manifestación fue un éxito”, recuerda Pablo Blanco, actual coordinador de los escalafones inferiores de la entidad sevillista.Los dirigentes del Sevilla y el Celta viajaron constantemente a Madrid para reunirse con los jefes de la Liga e intentar salvar la situación en una constante batalla jurídica. Fue la primera gran crisis que tuvo que lidiar el gallego Horacio Gómez en la presidencia celtiña. Antonio Baró, el presidente, y Samper, los dirigentes de la Liga, se mantenían inflexibles, pero la presión popular en Sevilla y Vigo comenzó a hacer mella. Los políticos entraron en acción mientras se sucedían imágenes surrealistas en ambas ciudades. Miles de aficionados permanecieron pegados a la radio de madrugada pendientes de la información de los programas deportivos, en plena efervescencia a partir de las doce de la noche.

16 días de angustia

Se sucedieron 16 días de angustia para dos aficiones señeras. El Consejo Superior de Deportes, a través del secretario de Estado, Rafael Cortés Elvira, medió con la Liga para buscar una solución. “No se puede castigar a la gente”, manifestó Alfredo Pérez Rubalcaba, entonces ministro de Presidencia. Desde Sevilla se asegura incluso que Felipe González, presidente del Gobierno y sevillano de nacimiento, presionó para que la Liga adoptara una decisión que salvaguardara los intereses del Sevilla y el Celta más el de los ascendidos Valladolid y Albacete. La Liga de 22 equipos empezaba a tomar cuerpo.

Todo se decidió en una surrealista asamblea de la patronal el 16 de agosto. 50 autocares habían salido desde Vigo y 4.000 aficionados del Celta se presentaron en la capital de España el día de la reunión. El cónclave es un caos. Los equipos, con miles de aficionados gallegos en la puerta de la sede de la Liga, deciden votar por aclamación y no de forma individual la propuesta de una Liga de 22 que ya había sido sugerida por el Gobierno. El momento fue cumbre. “¿En qué quedamos, 22 equipos? ¿Estamos todos de acuerdo? ¿Sí?, pues aprobado”. Estas fueron las palabras de Jesús Gil, presidente del Atlético, con la que se cerraban dos semanas surrealistas en el fútbol español y se decidió por unanimidad una Liga de 22 equipos durante dos años.

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