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Sanlúcar de Barrameda, la alegría

Antes de alcanzar Sanlúcar de Barrameda hay un tramo de carretera largo, recto, vacío, desesperante. No se ve ni una casa en el horizonte, pero la señora del navegador del coche dice que solo faltan diez minutos para llegar. Me fío lo justo de esta tipa: después de dos semanas llevándonos de un lado a otro, lo mismo se ha hartado de nosotros y de nuestro coche pocilguero y, al final, ha consumado su venganza conduciéndonos a donde a ella le ha salido del microchip. Pero no, ahí está Sanlúcar, al fondo, esperándonos. Es la primera vez que voy a visitarla. Y lo hago sin Humberto.

Lo hablamos en muchas sobremesas: comenzábamos a fraguar el viaje con la primera botella de vino, nos calentábamos con la segunda y terminábamos con un «venga, esta vez tenemos que ir sí o sí» mientras pagábamos la cuenta. Pero los planes siempre se quedaron sobre el mantel sucio, junto con las tazas de café y los chupitos de orujo. Ya antes, en los aperitivos, Humberto había empezado a contarnos historias de su tierra, tiñendo su vocabulario exquisito con el gracejo gaditano. Señorito sanluqueño de polo y mocasín, Humberto hablaba, y se escuchaba, y se gustaba, y a nosotros nos gustaba escucharle, y ver cómo movía las manos con elegancia para enfatizar cada palabra, y preguntarle cosas de su niñez, y de cómo había acabado en Cartagena, y discutir acerca de si eran mejores los langostinos de Sanlúcar o los del Mar Menor. «Para ti son mejores los de aquí porque no has probado los de allí, guapa», me decía. Pues los hemos probado y aún no lo tengo claro, que los de Sanlúcar son de un tamaño espectacular, pero los nuestros son muy sabrosos. Y no ha sido fácil encontrar un sitio donde comerlos: en Sanlúcar hay más bares que iglesias, que ya es decir, pero todos están llenos.

Ambiente en la plaza del Cabildo (arriba), playa de Sanlúcar de Barrameda (centro) y basílica de la Caridad.

Por mucho que nos hayan contado que hay poca gente, que los sevillanos que tienen aquí segunda residencia solo vienen los fines de semana, que el año pasado por estas fechas estaba todo ocupado y que la cosa está floja, lo cierto es que la gente pasea y terracea. En la plaza del Cabildo, donde el tipo que lleva náuticos y camisa de manga larga se mezcla con el que usa chanclas y camiseta de tirantes, el personal se aliña a base de bien y se pone tibio a huevos de choco, ortiguillas y tortillitas de camarón, y disfruta del viento fresco con el que llegas y con el que te vas.

Historia para el éxtasis

Con el segundo plato, Humberto seguía hablando. Niño pera de nacimiento y arquitecto de profesión, lo mismo te contaba anécdotas de los Medina Sidonia, «que yo los conozco mucho, de toda la vida, y te lo cuento a ti porque sé lo que te gustan estos líos», que se encantaba hablando del Palacio de los Guzmanes, de la fachada mudéjar de la Parroquia de Nuestra Señora de la O, del convento de Regina Coeli o de la basílica de la Caridad, que Sanlúcar tiene historia y monumentalidad para el éxtasis místico y el disfrute humano. Y echándose un trago de vino blanco al coleto mientras protestaba, «esto ni es vino ni es ná», defendía la manzanilla más que Ángela Channing el cabernet sauvignon: cuando nació el heredero, me regaló una caja de vinos de Sanlúcar, que «a ese niño ya le han traído muchas cosas, pero nadie se acuerda de la madre que lo parió». Hoy hemos entendido la afición: a pesar de la mascarilla, Sanlúcar huele a manzanilla. Y aquí les acabo de dejar el eslogan de este año a los bodegueros de la ciudad, por si tienen a bien utilizarlo. Son las influencias del ‘MascariLlanes’, que aún perduran.

En el postre, empezaba con la playa, con Doñana, con el Bajo de Guía, con las marismas, con las carreras de caballos a la orilla del mar. «Tenéis que ir en agosto para verlas». «¡Uy, qué pijerío!», decía yo, que al no tener formación ecuestre por no haberme criado entre corceles, sino entre gatos callejeros y perros mestizos, términos como doma, fusta y monta siempre me habían sonado a otra cosa. «Qué burra eres, hija. ¡Pero si eso es una maravilla de ver! ¡Si es como un hipódromo en la playa!», me contestaba Humberto. Pues no hemos visto la maravilla: este verano, por culpa de lo que todos sabemos y que nos tiene hasta el corvejón, no ha habido carreras de caballos. Justo el año en el que se celebra el 175 aniversario y justo el año en el que venimos, que ya es mala suerte.

En Sanlúcar hay más bares que iglesias, que ya es decir, pero todos están llenos. La gente pasea y terracea

Pero Sanlúcar no se olvida de sus tradiciones: las calles cercanas al mercado de abastos están engalanadas con banderines y lonas con los dibujos de las chaquetillas de las cuadras ganadoras de pasadas ediciones. Y, a pesar de que no hay carreras, hay caballos. Muchos. Puedes verlos arrastrando un coche por la ciudad o paseando por la playa al atardecer, en una estampa propia de una película romántica de sábado por la tarde en la que una alemana, desengañada y en plena crisis vital, se encuentra con su media naranja durante un verano mágico que cambiará su vida para siempre. Si le hubiera hecho esa comparación a Humberto, se hubiera reído. Se me ocurrió al ver pasar los caballos con el contraluz de la puesta de sol mientras buscábamos su casa, la que nos ofreció cientos de veces y en la que nunca estuvimos. Y, sí, ahí estaba, frente a la playa, la primera a la izquierda, exactamente donde nos había dicho.

En diminutivo

Lo que no nos dijo Humberto es lo de la alegría. La que hay en Sanlúcar. La que se contagia a pesar de las mascarillas. La que va del Barrio Alto, más contenida, al Barrio Bajo, festiva, radiante, con puntillita. La del abuelo sentado en el chiringuito que le dice por lo bajini a su nieto: «En cuanto se vaya tu abuela, vamos a pedir un heladito, aunque luego nos riñan». La del camarero guasón al que le pedimos un Seven Up para rebajar la manzanilla y nos suelta: «¡Eso solo lo piden los miarmas!», refiriéndose a los sevillanos. La de oír hablar en diminutivo, que aquí todo es chiquitito. Y supongo que Humberto no me lo contó porque, entonces, yo era demasiado joven, y ese es un secreto que solo se aprende con los años: después de pasarme media vida envidiando la inteligencia, la cultura y la belleza en los demás, me he dado cuenta de que lo que realmente envidio es la alegría. Porque la alegría, y no otra cosa, es lo que te permite aguantar el tirón, aliviar el dolor, seguir adelante.

Cada vez que busco en la agenda del móvil un apellido que empieza por ‘h’, me sale el teléfono de Humberto. Sigue ahí desde la última vez que hablamos, hace ya quince años. No lo he borrado porque, en cuanto leo su nombre, me pongo alegre. A lo mejor esa es la parte de la alegría de Sanlúcar que a él le correspondía y que me dejó en herencia. Hoy la he tenido al ver el atardecer mientras me tomaba una manzanilla. Bueno, una manzanillita. A su salud.

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