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Posible rebrote emocional

Me referiré a un incierto e hipotético rebrote de depresiones reactivas; pues, tal vez, en las circunstancias actuales, ¡en teoría!, aumenten en frecuencia e intensidad. Con ello no pretendo alarmar, inquietar o añadir preocupaciones; ni tampoco señalar remedios de prevención. Únicamente divulgar los síntomas para, si fuera necesario, actuar con seguridad y eficacia.

Me apoyaré en una imagen para ilustrar el fenómeno afectivo que intento describir. Imaginemos que practicamos senderismo cargando con una mochila pesada. La mochila, al principio, deja sentir su peso. Tras una larga etapa, el cansancio nos inunda enteramente, parece envolvernos y la carga se hace un todo con él. Paramos a descansar y el primer gesto espontáneo es desembarazarse de la mochila. Gesto que produce un alivio grande. Al reanudar la marcha, ya descansados, otra vez la mochila deja sentir su peso.

Así ocurrió durante el confinamiento: recargamos el psiquismo con emociones fuertes e intensas, incertidumbres, miedos, desánimos, abatimientos, pensamientos borrosos y sombríos… ¡Una mochila atiborrada!

La desescalada trajo consigo una repentina sensación de alivio, de desahogo; los ánimos se despejaron y la mochila ganó en levedad. En la intimidad se respiraba un frescor ligero, como un paño frío rocía la frente tras un día de fiebre. Todavía más, ansiamos zambullirnos en los menudos placeres cotidianos con la ilusión del estreno, y satisfacer deseos contenidos: un paseíto, la terraza de un bar, descubrir rostros amigos, críos en bicicleta, la peluquería… Aun en medio de la turbulencia, la vida vuelve a esbozar sonrisas; y crece el hambre por disfrutar del bienestar de la vieja normalidad, animados por una afectividad optimista.

Pero pasan los meses, y esa burbuja de ilusión y suavidad se desvanece poco a poco. Las esperanzadas previsiones parecen no cumplirse… Y, además, quizá seducidos por esa intimidad risueña, olvidamos que el ajetreo diario también guarda su aquel… ¿Quién recuerda la tonalidad emocional de finales de febrero o principios de marzo?: las prisas mañaneras para llevar a los hijos al colegio, los atascos, los agobios del trabajo, las apreturas del horario, las tareas inacabadas, la pelea por los deberes…, y agotados ¡ya!… aún resta bañar a los niños, preparar la cena, recoger… ¡Qué lejanas aparecían las vacaciones, y qué ganas de desconectar! Y aún era marzo…

¡Así es! La ansiada normalidad se vuelve esquiva… y al rengancharnos a la cotidianidad se acentúan los problemas, vividos con la naturalidad de siempre. ¡Otra vez a cargar con la mochila del vivir! El cansancio y las urgencias enturbian las alegrías risueñas de unos días atrás. Y ante ese contraste emocional, surgen preguntas: ¿Qué me ocurre?, ¿por qué esta desgana?, ¿tanto desánimo?, ¿qué será lo siguiente?, ¿voy a peor? Enredarse en estas preguntas conduce a problematizar todavía más la situación.

Y aquí radica el quid de la cuestión: en comprender lo ocurrido. El ánimo jovial surge como efecto de la liberación brusca de la tensión psíquica constreñida; una agradable sensación al desaguar la recarga emocional. Por eso tiene un carácter reactivo y transitorio: un simple oasis, ¡muy gustoso!, mientras transitamos desde la pesadumbre interior al espacio realista del vivir.

Una ecuación psicológica sencilla que guarda un único hilo conductor, con tres momentos sucesivos: primero, una tensión psíquica inusual y desproporcionada; segundo, una liberación repentina de esa tensión, que refresca el psiquismo; tercero, un reengancharse paulatino a los inevitables rozamientos del día a día. No pasa de ser un proceso psíquico común, relativamente frecuente, ante cambios existenciales de cierta entidad: traslado de residencia, trabajo nuevo, un desamor inesperado, el final de un duelo, el diagnóstico de una enfermedad limitante… Este tipo de experiencias, después de un ajuste inicial, acostumbran a desembocar en un bajón del ánimo (según el decir popular), que suelen remitir espontáneamente con el simple correr del tiempo. Previsiblemente no produzcan huellas psíquicas, aunque esta temporada convulsa es terreno abonado para agitar las oscilaciones del ánimo. Esas turbulencias afectivas conviene soportarlas con serenidad, sin concederles excesiva atención: para combatir ese bullir de los estados de ánimo la mejor terapéutica, y la prevención acertada, consiste en aferrarse a los quehaceres del hoy, disfrutar lo que permita el hoy.

Y terminaré con una aclaración pertinente. Cuando, en ocasiones, la duración del ánimo abatido o la intensidad de los síntomas muevan a sospechar una posible herida psíquica, entonces ya hablamos, posiblemente, de una depresión reactiva. Y el tratamiento de las depresiones reactivas es asunto exclusivo de los clínicos. En definitiva, acudir al profesional médico ante el menor indicio: a quien corresponde prescribir la actuación oportuna y apropiada. Y, por eso, huir como de la peste de la divulgación, los consejos bienintencionados, el autodiagnóstico o la automedicación.

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