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Ni es memoria ni es democrática

No nace la Ley de Memoria Democrática como fruto de un consenso entre diferentes, como un acuerdo que trata de dar solución a una reivindicación social unánime y largo tiempo esperada sino que es el ajuste de cuentas que la izquierda más radical y sectaria tiene previsto aplicar 81 años después de terminada la guerra civil y cerca de cumplirse los 45 años de la muerte de Franco. Es una ley de una de las dos Españas contra la otra, la manera de contrarrestar las cuatro décadas de dictadura en las que los vencedores impusieron su versión de la historia. No hay un intento de superación del conflicto desde el rigor y la búsqueda de una verdad lo más objetiva y desapasionada posible. Es, otra vez, un relato de buenos y malos, demócratas y fascistas, luchadores por la libertad frente a criminales que disfrutaban torturando y matando. Por eso, Pablo Iglesias -uno de los principales impulsores de la ley- presenta como «héroes y heroínas» a los combatientes de las Brigadas Internacionales, cuyos descendientes van a poder adquirir ahora la nacionalidad española, cuando es público y notorio que gran parte de ellos eran militantes comunistas, fieles devotos en algunos casos de uno de los personajes más siniestros de la historia, Stalin. Pero ya se sabe que el comunismo, al menos en España, goza de buena prensa y no se equipara a otras ideologías genocidas e intrínsecamente perversas como el fascismo.

No es democrática porque es la imposición de la media España que tiene más parlamentarios -que no votos populares- sobre la otra media, y que encima se apoya en los enemigos de esa misma España que dicen defender. Y no es memoria porque es selectiva, sólo trata de bucear en el pasado negro de una parte mientras blanquea a la otra. No le interesa hablar de la revolución de Asturias, de las torturas en las checas, de las matanzas entre comunistas y anarquistas, de la quema de iglesias y conventos, del asesinato de monjas y sacerdotes y de tantos otros episodios igual de terroríficos y sangrientos que los que cometieron los del bando nacional o franquista. No hay voluntad de que los estudiantes aprendan que la II república fue un fracaso porque tanto la derecha como la izquierda conspiraron casi desde el primer minuto para derrumbar el nuevo régimen. Lo que se intenta es reescribir la Historia de manera tan torpe como tramposa y de paso aprobar una enmienda a la totalidad a la Transición y al denostado por Podemos y sus altavoces mediáticos «régimen del 78». Zapatero reabrió el conflicto y Sánchez-Iglesias continúan una labor irresponsable cuyos nocivos efectos se dejarán sentir durante décadas.

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