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La ballena de los vascos, condenada

Para ellas no habrá corredores como los del programa de conservación del oso pardo cantábrico, que busca conectar poblaciones para fomentar su crecimiento. Tampoco planes de cría en cautividad como con el lince ibérico o el urogallo. La ballena franca glacial (Eubalaena glacialis), conocida como ‘ballena de los vascos’ porque durante siglos fueron sus principales depredadores, se extingue sin remisión. La Unión Internacional por la Conservación de la Naturaleza (UICN) asegura que se encuentra «en peligro crítico», con 250 individuos adultos avistados a finales de 2018.

Algo más optimista es la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica estadounidense (NOAA en sus siglas en inglés), que eleva la cifra hasta las 400, de las que solo 95 son hembras fértiles y activas, cantidad insuficiente para recuperar una especie que, según algunas estimaciones, en el siglo XVI rondaba entre 10.000 y 20.000 ejemplares. En la actualidad, el ser humano sigue siendo su mayor problema: los enredos con cuerdas y otros equipos de pesca, los choques contra barcos y la contaminación acústica del océano han dado la puntilla a estos mamíferos, que han disminuido un 15% desde 2011. Según la NOAA, «enredarse en los artes de pesca puede estresar y herir gravemente a uno de estos animales, y provocarle una muerte dolorosa. Más del 85% de las ballenas francas se han enredado en redes al menos una vez, y alrededor del 60%, en varias ocasiones».

La caza masiva que acabó por diezmarlas tuvo lugar desde el siglo XI y hasta 1901, cuando, según los periódicos de la época, pescadores de la localidad guipuzcoana de Orio armados de arpones se lanzaron en cinco lanchas para acabar dando muerte a un ejemplar que medía 12 metros. Fue la última de unas presas que ya escaseaban desde el siglo XVII. Tal persecución tenía como objetivo su grasa, que usaban como combustible en lámparas, aunque también aprovecharan carne, huesos y barbas.

El último avistamiento en nuestro país tuvo lugar hace 27 años, el 5 de diciembre de 1993, cuando unos pescadores gallegos que faenaban en el cabo de Estaca de Bares (el punto más septentrional de nuestro país, en Galicia) se vieron sorprendidos por el salto de un gran animal. Así lo recuerda Pancho Arcos, uno de los testigos, en un vídeo de la ong gallega Coordinadora para el Estudio de los Mamíferos Marinos (CEMMA): «Fue una casualidad, era el puente de la Constitución, dudabamos entre si salir o no, hacía un tiempo horrible, pero fuimos. Y, de repente, apareció un bulto de mamífero marino, vimos que era un bulto gordo, pero no le prestamos más atención, y pensamos que nos quedaríamos sin saber qué era. Pero, de repente, ese bulto salió del agua y ¡tufff! El compañero, Iago Mosqueira, y yo nos quedamos fríos. ¿Y eso qué es? Y volvió a saltar, ¡bumba!, y entonces le dije: ‘tienes ahí la cámara, aprovecha a ver si le sacamos una foto’. Y así fue. El bicho volvió a saltar otra vez y…». Aquellas borrosas imágenes sirvieron a los expertos para certificar que era un ejemplar de ballena franca glacial, que también cazaron los gallegos en menor medida.

Ballena franca glacial

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metros de largo pueden llegar a medir, y pesar hasta 80 toneladas. Tienen cuerpos negros rechonchos sin aleta dorsal, y su ‘soplo’ tiene una característica forma de V. Viven más de 70 años. Su gestación dura un año, paren una cría y esperan tres o cuatro años para volver a reproducirse.

«La ballena de los vascos está condenada», asegura Gorka Ocio, responsable de la empresa vizcaína Verballenas.com, que organiza salidas en barco para avistar cetáceos y aves marinas. Él se lamenta de no haber visto nunca una, algo muy difícil como no se viaje a aguas del Golfo de San Lorenzo, al este de Canadá, donde al parecer se concentran los últimos ejemplares. Desde 2017, en esta zona han contabilizado 31 muertes y 10 animales heridos por colisiones, según la NOAA. «Esta ballena se extinguió en aguas del Cantábrico y eso obligó a los pescadores a ir más al norte en su busca –prosigue Ocio–. Hoy mueren más que nacen, y cuando se vaya la última de las que aún quedan vivas, se acabó, la especie ya no es viable. No hay remedio, no es como los linces, no hay cría en cautividad».

Pocos nacimientos

Explica Ocio que matar ballenas francas no era tan complicado: «Las madres se acercaban a la costa a parir y primero cazaban a las crías porque era más fácil. La madre se quedaba junto a ellas siendo cazada igualmente». Una táctica, matar madres y crías, que las conduciría inexorablemente a su desaparición. «Pero es que, además, al tener mucha grasa, las ballenas francas muertas flotaban, al contrario que otros cetáceos como los rorcuales, que se iban al fondo. Ahora inyectan aire en sus cuerpos para que se mantengan en superficie».

La NOAA añade un dato que suma gravedad: «Las hembras alcanzan la madurez sexual a los 10 años y dan a luz una cría tras un embarazo de un año. De tres a cuatro años es el intervalo normal entre partos. Pero ahora, de media, las hembras tienen crías cada 6 o 10 años. En las últimas tres temporadas (2017-2019) solo hubo 22 nacimientos, un tercio de la media de natalidad anual. Los biólogos creen que el estrés por los enredos es una de las razones por las que las hembras están pariendo con menos frecuencia».

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