Culturas

Luz y tiniebla en las dos leyendas de Felipe II, el rey «abismal»

«Será casi imposible desactivar las patrañas de la leyenda negra». Lo asegura Enrique Martínez Ruiz (1943) catedrático y autor de ‘Felipe II, hombre, rey y mito’ (La esfera de los libros). Es una biografía monumental en la que el historiador confronta dos visiones opuestas que lo agigantan y distorsionan: la tenebrosa y peyorativa leyenda negra, y la apologética leyenda áurea sobre un gran rey «al que no le vino grande su imperio» y que «acertó a gobernar».

Sin eludir su lado oscuro, glosa las excelencias de un poderoso soberano cargado de contradicciones. Enlutado y de porte adusto, fue déspota, siniestro, maniático, ultracatólico y libertino. También desconfiado, tímido, aislado y lento en la toma decisiones. Un azote para los herejes y un zote para los idiomas.

Defensor de la parte más luminosa del monarca, cree su biógrafo que con Felipe II «se comete una gran injusticia». La leyenda negra que le achaca el genocidio en América es una exageración de sus muchos y grandes enemigos «muy bien explotada por la propaganda antiespañola». «Existe hoy el acuerdo general de que esa leyenda es un disparate sin fundamento. Pero sus imágenes son tan potentes y penetrantes en el imaginario colectivo que será casi imposible de desactivar», admite el catedrático de Historia Moderna en la Universidad Complutense.

«Requerirá mucho tiempo mirar con ecuanimidad qué hay de cierto e incierto en esa tenebrosa leyenda y tardaremos muchos años en desactivar una mentira que afecta a todos los españoles y nos presenta como los diablos que masacraron a los buenos, a los protestantes, y a los indígenas americanos». Es una falacia «creada contra Felipe II que se extendió a los siguientes monarcas», explica Martínez Ruiz.

Habla el estudioso de un monarca «abismal» al que su imperio «no le vino grande» y «que dio la talla». «Lo califiqué de abismal porque en su figura encontramos unos extremos muy distantes». Un abismo que separa al estadista del hombre atormentado que enviudó cuatro veces, perdió a su primogénito y heredero, el príncipe Carlos, en extrañas circunstancias, y aun así gobernó con tino. «De todos los reyes de la Edad Moderna fue el que tuvo en su cabeza el imperio como un ente complejo, algo que no hizo ni Carlos V, ni supieron hacer sus descendientes. Fue capaz de aprehender todo su imperio y sabía lo que tenía entre manos», apunta. «La frase de que en su imperio no se ponía el sol no es un eufemismo. Con territorios en todo el mundo conocido, controlaba los tres océanos -Atlántico, Índico y Pacífico- de manera efectiva». A juicio de su biógrafo, Felipe II fue además «el último rey con carácter capaz de elegir a sus colaboradores en función de su preparación y lealtad».

Sin clichés

Esta magna biografía de Felipe II desbarata los lugares comunes fijados por algunos hispanistas. «La historia de los siglos XVI y XVII la han hecho historiadores extranjeros con clichés falsos que desvirtúan la realidad, y esta biografía trata de poner las cosas en su sitio», plantea.

El reprochado integrismo católico de Felipe II llevó a presentarlo como un martillo de herejes. Pero Martínez Ruiz dice que ese integrismo se daba también entre los protestantes y que era «lo normal» en Europa. «Es cierto que defendió la Inquisición, que se enfrentó a los protestantes con virulencia y dijo que preferiría renunciar a sus Estados que a gobernar sobre herejes, pero el anglicanismo y el calvinismo eran igual de intransigentes. Defender las ideas religiosas con ese ardor no es un patrimonio exclusivo de Felipe II».

Destaca su biógrafo que «sus máximas como monarca fueron la administración de justicia a sus súbditos y la defensa de los territorios de la corona». Fue una personalidad «complejísima y poliédrica», detalla el historiador, que lamenta que se le llame el rey imprudente, «cuando la prudencia fue una de sus virtudes».

Martínez Ruiz ha dividido en tres partes su biografía de más de un millar de páginas profusamente ilustradas y documentadas. La primera se ocupa de la extraordinaria formación del príncipe renacentista llamado a ser la cabeza del vasto imperio. Aborda luego la figura del rey que debe gobernar esos territorios en multitud de ámbitos, y cómo, finalmente, su figura se eleva a la categoría del mito que generó los ataques a tan poderoso monarca y a los españoles.

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