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Un viaje escalofriante por las cárceles del mundo

Las cárceles nos hacen percibir el pasado con particular intensidad, como si los fantasmas de entonces siguiesen encerrados entre sus muros, susurrándonos lamentaciones al oído. Si nos paramos a escucharles, tendremos una versión bastante completa de la historia del mundo, porque las prisiones han ido reflejando de alguna manera lo que iba ocurriendo fuera, en el marco general de las cosas: en teoría, los que acababan allá dentro eran los malos, que habían atentado contra la vida ajena o el orden social, pero no hace falta rebuscar mucho para darse cuenta de que a veces, cuando todo se volvía del revés, los malos resultaban ser los buenos: por las celdas han pasado igualmente un destripador y Nelson Mandela, un asesino en serie y Oscar Wilde, un genocida y Jesucristo.

«Las cárceles son el mejor libro de historia de las naciones en las que se encuentran situadas. En ellas podemos ver las grandezas y las miserias de los países, además de ser un fresco de los periodos oscuros que han vivido», resume el escritor y divulgador Fernando Gómez, que en su nuevo libro ‘El mundo a través de sus cárceles’, publicado por Ediciones Luciérnaga, emprende un recorrido por algunas de las penitenciarías más relevantes a la hora de examinar la humanidad desde detrás de unos barrotes. En el itinerario, con una treintena de escalas en los cinco continentes, no faltan los criminales que cometieron espantosas atrocidades. Ahí están Amelia Sach y Annie Walters, ejecutadas en 1903 en la prisión británica de Holloway, que en aquel momento era la mayor cárcel de mujeres de Europa y se convirtió en el lugar donde cumplieron condena buena parte de las sufragistas: Amelia y Annie, en cambio, no estaban a la sombra por reclamar el voto femenino, sino por acoger a niños –la mayoría, hijos de sirvientas acosadas por sus señores– y matarlos con una sobredosis de morfina. O tenemos, por ejemplo, a Cayetano Santos Godino, el ‘Petiso Orejudo’, inquilino legendario del penal argentino de Ushuaia, tan remoto que los presos podían salir a talar árboles casi sin vigilancia, porque no existía ningún lugar al que escapar. El ‘Petiso’, todavía adolescente, confesó que había torturado y asesinado a cuatro niños y se había quedado a medias con siete más. Allí dentro murió, lejos de todo, en circunstancias oscuras, y un comisario desmembró su cuerpo y vendió los huesos a investigadores y coleccionistas. «La propia esposa del jefe del penal se había quedado con un fémur que utilizaba como pisapapeles», detalla Gómez.

Una de las salas de torturas de Tuol Sleng S-21
Una de las salas de torturas de Tuol Sleng S-21 / DAMIR SAGOLJ/REUTERS

Pero su interés, al emprender este ‘tour’, no se centra tanto en el morbo de los criminales más abominables como en la otra vertiente del asunto, los sistemas políticos que se sirven de las cárceles para realizar terribles purgas. Así surgieron en el mundo monstruosidades como el vasto complejo de Hohenschönhausen, que las autoridades de Alemania Oriental intentaron mantener en secreto durante casi medio siglo. Más de veinte mil personas pasaron por allí, por haber intentado saltar el Muro o porque la Stasi les atribuía una ideología enemiga del comunismo: en los pasillos instalaron semáforos para que los presos no se cruzaran, de manera que padres e hijos podían estar encerrados a la vez sin siquiera saberlo. El escalofrío se acentúa en el campo croata de Jastrebarsko, donde la Ustacha –el movimiento fascista que controlaba el Estado Croata Independiente, bajo el protectorado de la Alemania nazi– internó a más de tres mil niños serbios de entre 1 y 14 años. Dormían en el suelo, eran azotados con ramas de abedul mojadas en agua salada o vinagre y tenían que ayudar a enterrar a sus compañeros muertos. Fallecieron 1.500 y el sepulturero llevaba bien las cuentas: «Avance recibido para la excavación de tumbas, mil kunas para cien niños enterrados», dice una de sus notas. No falta la visita al centro Tuol Sleng S-21 de la capital camboyana, donde murieron más de 12.000 personas encerradas por los jemeres rojos, la mayoría torturadas, ni tampoco el recorrido por el Castillo de San Jorge, en Ghana, donde se llenaban de esclavos las bodegas de los barcos que cruzaban el Atlántico.

«Todas las dictaduras tienden a parecerse las unas a las otras como dos gotas de agua. Podemos recorrer los cinco continentes y darnos cuenta de la similitud», concluye Fernando Gómez. Si él pudiese retroceder a cualquier momento histórico, ¿qué escena carcelaria le gustaría presenciar? «Quizá elegiría la prisión de Jerusalén donde estuvo encerrado Jesucristo la noche del Jueves al Viernes Santo, antes de ser conducido a la crucifixión. Esa noche en la que solo le quedan unas pocas horas de vida antes de ser ejecutado debió ser de una dureza enorme, muy similar a la de otros condenados», comenta el autor. La tradición ubica aquella noche en unos subterráneos bajo la basílica del Ecce Homo, apenas «una pequeña gruta y unos pasadizos húmedos». San Pedro y San Pablo, por su parte, estuvieron en la Cárcel Mamertina de Roma, como el caudillo galo Vercingétorix, y dicen que un manantial milagroso les permitió bautizar a sus guardianes y a 47 presos.

Pep, el perro condenado

La lista de presencias inesperadas en las prisiones incluye a Pep, el perro que cumplió condena en la Penitenciaría Estatal del Este, en Filadelfia, y que adorna hoy con su rostro las tazas de la tienda de souvenirs. Era una cárcel revolucionaria, con calefacción central, váter en las celdas y cierto aire de convento, ya que los internos salían a los pasillos encapuchados para no exponerse a la vergüenza, y la presencia del juguetón Pep tenía que ver con ese espíritu de renovación: el gobernador de Pensilvania creía que la soledad no ayudaba a la rehabilitación de los delincuentes, así que sentenció a Pep, uno de los labradores que criaba su familia, por el cargo ficticio de haber asesinado de un gato. Se convirtió así en un pionero de la terapia con animales.

Portada del libro y el autor, Fernando Gómez, en la cárcel Modelo de Barcelona.
Portada del libro y el autor, Fernando Gómez, en la cárcel Modelo de Barcelona.

Hay prisiones legendarias por su condición inexpugnable, como la roca de Alcatraz, de la que parecía imposible fugarse hasta que en 1969 lo lograron tres reclusos, pero también existe al menos una que ha pasado a la historia por su extrema relajación: en la «cárcel de máxima comodidad» de La Catedral, Pablo Escobar recibía a futbolistas de fama mundial para jugar partidos con ellos, celebraba fiestas y orgías y controlaba su imperio criminal mientras criaba truchas en el estanque. «Acá todo está en orden y los que me cuidan son los mismos que me han cuidado siempre», tranquilizó a su hijo. Hasta había una tapia de pega, fabricada con yeso, para facilitar la huida, aunque el narco fue abatido meses después de utilizarla. ‘La Catedral’, una cárcel de mentiras, es una de las contadas prisiones contemporáneas que aparecen en el libro: ¿ha perdido el sistema penitenciario el romanticismo de antaño? «Quizá ese romanticismo que creemos encontrar en las cárceles sea producto de la lectura de ‘El conde de Montecristo’ –plantea Fernando Gómez–, pero poco romanticismo debió encontrar Oscar Wilde, uno de los románticos más ensalzados, en la cárcel de Reading, donde estuvo prisionero. A partir de entonces, nada fue bello en su vida. Las cárceles solo tienen atractivo romántico para las personas que no han estado prisioneras».

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