Culturas

«El debate entre monarquía o república está traído a destiempo en plena zozobra»

«¡Dios, qué buen vasallo si hubiera buen señor!», dice el trovador del ‘Cantar de mio Cid’. El verso del poema épico reverbera en los oídos al hilo del actual debate entre monarquía y república que se vive en España. ¿Qué piensa al respecto el actor y académico José Luis Gómez, quien pone voz a las andanzas del Campeador? Para el fundador del Teatro de La Abadía, el dilema «entre monarquía o república es un debate traído a destiempo en un momento de zozobra».

Para el miembro de la Real Academia Española (RAE), es verdad que el Rey emérito ha incurrido en «errores graves de conducta personal», yerros que merecen la «censura pública». «Pero no es apropiado –alega– censurar esos comportamiento y olvidar los anteriores».

Gómez hizo estas aseveraciones durante la presentación a la prensa de tres pasajes del libro medieval sobre las aventuras de un guerrero, un personaje que ha fascinado a escritores y cineastas. Vestido con un terno negro y con el parco acompañamiento de un piano y de unos pocos instrumentos de percusión, Gómez se desenvuelve a sus 80 años con movimientos suaves y medidos, sin apenas despegar los pies del suelo para recrear el trote del caballo y embridarlo.

El Campeador cabalga de nuevo, esta vez en un espectáculo dirigido e interpretado por el tótem del teatro español. Del 20 al 29 de octubre, los espectadores podrán disfrutar de las aventuras de Rodrigo Díaz de Vivar, «un hombre leal a su señor, el rey Alfonso VI».

Cuando ocurrió el 23-F, Gómez recuerda que era director del Centro Dramático Nacional (CDN). Ese día de 1981, se interpretaba en el María Guerrero ‘La velada de Benicarló’, un texto original de Manuel Azaña, presidente de la II República durante la Guerra Civil. «En ese momento el Rey prestó un servicio inestimable a la democracia. Tanto los éxitos como los errores de Juan Carlos I forman parte de la misma persona y ningún ciudadano puede confundir las figuras públicas, que pasan, con las instituciones del Estado, que permanecen».

Azaña y el sonrojo

A Gómez le enervan los modales hoscos y la bronca en sede parlamentaria como las vividas esta misma semana, lances nada caballerosos que le han causado rubor y vergüenza. En un hombre tranquilo como él siempre están presentes las palabras que dijo Azaña en el Congreso durante una sesión especialmente tormentosa. «Ya que usted no se sonroja, permítame que yo lo haga por usted», evocó el gigante de la escena para citar al dirigente de Acción Republicana. «Muchos nos sonrojamos al ver el debate de hace unos días; me produce un gran pesar. Los ciudadanos normales vemos a los líderes como personas obligadas a demostrar una cierta ejemplaridad».

No le extraña esta actitud en un gremio, el de las fuerzas políticas y sociales, que exhibe con desfachatez sus prejuicios. «Nos llaman a las gentes de las artes en vivo ‘pedigüeños’, o ‘los de la ceja’, cuando las gentes del teatro son personas muy esforzadas, tenaces y trabajadoras», dice con indignación.

Lamenta el actor que un país como España, con más 46 millones de habitantes e ínfulas de creerse toda una potencia cultural, mire con anteojeras las políticas concernientes a las artes escénicas. «Nuestros gestores culturales no han visto nuestros teatros. Portugal tiene dos teatros estatales con un elenco fijo para varias temporadas. Lo mismo sucede con Europa del Este».

Muchos se ha escrito del Campeador, un personaje sujeto a toda suerte de distorsiones históricas. ¿Fue un guerrero ávido de riquezas?, ¿un inteligente estratega?, ¿un traidor?, ¿un mercenario? José Luis Gómez lo tiene claro: «fue un hombre leal a su rey. Y ya se sabe que cuando se quiebra la lealtad se produce una quiebra interna. No se olvide que en tiempos del Mio Cid lo que de verdad había era una guerra civil de españoles contra españoles».

Como documento literario del siglo XI, el cantar de gesta anónimo merece escucharse con las expresiones y pronunciación propias del Medievo. Puede que el significado de algunos vocablos se pierda casi un milenio después, pero Gómez cree que el resonar de un idioma antiguo es toda una «experiencia sensorial». «Solo por escuchar una lengua bellísima y rica hay que acercarse a La Abadía», sentencia.

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