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El renacer del lince ibérico

El lince ibérico sale lentamente de la UCI en la que se encontraba hace apenas dos décadas. Los esfuerzos de los grupos ecologistas y las administraciones públicas por rescatar a una especie en peligro de extinción siguen dando fruto y el último censo de población confirma que su número se ha multiplicado por diez desde 2002 y ya son 894 los ejemplares de este felino que corretean en libertad por la península ibérica. Tras un primer paso centrado en aumentar los individuos, los programas de conservación se enfocan ahora en conectar las distintas colonias para crear una población autosostenible y que permita, de paso, mejorar su variabilidad genética para fortalecer la especie.

El salto ha sido espectacular, y ha logrado multiplicar por 10 la población detectada a finales de los años 90, cuando las asociaciones ecologistas dieron la voz de alarma ante la inevitable desaparición del felino. Desde entonces, y gracias a los programas Life de la Unión Europea en los que participan administraciones públicas y grupos conservacionistas, se ha ido desarrollando una carrera con varias metas. La primera fue frenar de raíz el declive de la especie, posteriormente comenzar con las pruebas de cría en cautividad y reintroducción del felino en los hábitats más propicios y finalmente, ir asentando la población en sus territorios históricos.

Los últimos datos coordinados por el Ministerio para la Transición Ecológica demuestran por qué el proyecto del lince ibérico es el programa conservacionista más laureado y el ejemplo a seguir para otras especies en extinción. En estos momentos hay 583 ejemplares de linces en libertad, de los que 476 viven en suelo español (el 81,6%) y otros 107 en territorio portugués. A ellos se suman 311 cachorros nacidos a lo largo de 2019.

El grueso de los ejemplares censados en la península ibérica habita en alguno de los cuatro núcleos de población estable y consolidada que existen en Andalucía: Andújar-Cardeña (145), en el área del río Guarrizas, en Jaén (71), Doñana-Aljarafe (69) y Guadalmellato en Córdoba (46), además de hasta tres ejemplares sueltos localizados en diferentes puntos de la región. Pero también se reparten por Castilla-La Mancha, con 84 linces (17,7%) y Extremadura, con 58 (12,2%).

Uno de los parámetros que permite evaluar el éxito de estos esfuerzos es el número de hembras reproductoras. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) fija en una población de 125 ejemplares que se mantenga estable durante al menos cinco años la línea que supone para una especie dar el salto de «en peligro de extinción» a simplemente «vulnerable».

La cifra se supera desde hace dos años, y en estos momentos ya hay censadas 188 hembras reproductoras en toda la península, 120 de ellas en Andalucía. Pero los ecologistas prefieren no echar las campanas al vuelo. «Aún estamos a mitad de camino, quedarían al menos otros 20 años para dar la especie por recuperada y en condiciones de normalidad», especifica Ramón Pérez de Ayala, coordinador de grandes carnívoros en WWF.

Evitar la endogamia

Pérez de Ayala explica que en los próximos cinco años, el programa Life se centrará en consolidar estas poblaciones y los asentamientos en los que se ubican, así como en conectar entre sí esos territorios. Una tarea fundamental, por cuanto supone mejorar la diversidad genética del lince y evitar esa endogamia que debilita a cualquier especie y la hace menos resistente a cualquier cambio o amenaza del ecosistema. Ya se han vivido casos en Doñana, con ejemplares con malformaciones.

«Para conectarlos de manera natural, la mejor fórmula es crear pequeños núcleos de población en zonas intermedias para acortar las distancias», explica el ecologista, «pero no es fácil». Hay que seleccionar el hábitat más adecuado, con una extensión de al menos 10.000 hectáreas y con densidad suficiente de conejos, y donde los núcleos humanos más cercanos no supongan un riesgo excesivo, ni por furtivismo ni por atropellos, las dos principales causas de mortalidad que amenazan al lince.

Al reintroducir una pequeña cantidad de individuos, los riesgos ante cualquier amenaza son mayores y cualquier incidente desequilibra sobremanera esa población. «Si hay dos hembras y dos machos, y éstos se desplazan, cuando llegue el celo las hembras también se van a ir en busca de otro macho», ejemplifica. «Hay que empezar todo el proceso de cero, no es sencillo, pero ya contamos con la experiencia previa y sabemos qué queremos hacer, aunque ahora hay que pensar cómo lo hacemos», concluye Pérez de Ayala.

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