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Juan Luis Vives, homenajeado

Hay que felicitar a la Universitat de València por hacer visitas guiadas que reivindican a Juan Luis Vives, recorriendo la ciudad vinculada al humanista. La singladura comienza en la recoleta plaza de Margarita Valldaura, su esposa, para finalizar en el centro cultural La Nau, en cuyo claustro se alza la escultura (de Aixa) que lo recuerda. Han sido las Jornadas Europeas de Patrimonio las que han impulsado tan merecido homenaje. Y dado que durante largas etapas aquí parece olvidarse al insigne filósofo, escritor y sociólogo, el valenciano con mayor espíritu europeo de nuestra historia, he vuelto a las páginas de ‘La desdichada vida de Luis Vives’ que escribió José Ombuena, querido director de LAS PROVINCIAS, editado por Federico Domenech en 1992.

El volumen se encuadra en la atractiva recopilación de ‘Verdades históricas’ y en el caso de Vives nos lleva desde su infancia, como hijo de padres judíos conversos que lo envían a estudiar fuera de España, huyendo de la Inquisición, hasta su muerte a los 48 años, en 1540, en Brujas, legando una impresionante obra. Su muerte, digámoslo, fue dolorosa a causa de la ‘gota’ que padeció siempre, pero la queja difícilmente se manifestó en sus cartas: un ‘epistolario’ en el que se nos descubre el dominio de la literatura y las confesiones de ternura -escasas-, al recordar a su madre, a la que jamás vio sonreír.

Defensor de la justicia y de la igualdad social, y cristiano, Juan Luis Vives, precursor de cambios políticos, fue también un ser cauteloso que antepuso la razón a la emoción, como cuando le ofrecieron la cátedra en Alcalá de Henares y la rechazó porque seguía teniendo presente las hogueras para los judíos. Fue un pensador profundo para quien no había fronteras: de París a Lovaina, invencible, polemista en la Sorbona, educador de príncipes, entre ellos Catalina de Aragón. Amigo de Erasmo. Nostálgico perpetuo de España. Evocador de Valencia.

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